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13 de noviembre de 2014

La erótica de aprender

Su rostro, sus gestos adolescentes, y su cuerpo maduro y estilizado, formaban un cóctel sexual irresistible

La luz de la luna, me ha devuelto la encantadora y permanente sonrisa que dibujaba su rostro, en forma de cuarto menguante. Miss Amparo, era la profesora de inglés de la academia. No pasaba de los cuarenta. Su rostro, sus gestos adolescentes, y su cuerpo maduro y estilizado, formaban un cóctel sexual irresistible. El brillo de los fluorescentes en la pizarra, era la excusa perfecta, para que los chicos, le pidiésemos cariñosamente, que reescribiera algunas de sus explicaciones, en otro lugar más visible del encerado, con tiza más intensa. Conocedora de nuestras artimañas, sonreía de manera pícara, mientras nos decía:

- ¿Lo veis bien ahora…?
- ¡¡Noooooo...!!, respondíamos al unísono.
- ¿Aquí, un poquito más arriba…?

Después de un silencio, nos mirábamos, e intercambiábamos expresiones masculinas de verdadera y profunda admiración hacia nuestra musa, y contestábamos:

- Un poquito más a la izquierda, por favor. Ji, ji, ji.
- ¿Ahí está bien…?
- Siii, si, gracias. Ahora está todo perfecto...

Le gustaba ser admirada, y a nosotros su complicidad, tan cercana y natural. Sabía, como una geisha, crear el clímax perfecto para el encuentro, e imprimir a sus clases la simpatía, naturalidad y complicidad ideal. La asistencia era completa, y las faltas de puntualidad inexistentes. Su voz femenina rejuvenecía su cuerpo. La gestualidad aniñada de adolescente, la mirada directa, intensa, pero siempre chispeante. Vestuario casual, sencillo, creativo e insinuante.

Las clases de inglés, eran la sal y la pimienta del curso de informática. Aquella mañana el grupo de hombrecitos enmudeció, cuando Miss Amparo, “vestida para matar”, hizo su entrada en el aula. La camiseta rosa llevaba impresa un elefante estampado de color gris. La trompa se perdía por el interior de sus vaqueros azules y ajustados. La imaginación al poder, y al servicio del erotismo, no tardó en hacer acto de presencia.

Los murmullos, y las notas manuscritas entre las mesas, y las miradas hipnóticas a tan conjuntado atuendo, le conferían a nuestra profe un toque más “animal” e instintivo. Las chicas, no tardaron en recuperar su merecido protagonismo: una de ellas con un bolígrafo BIC azul encapuchado, hacía movimientos pausados, involuntarios y repetitivos debajo y en el exterior de la bragueta de su pantalón vaquero, mientras atendía las explicaciones de la maestra, sin percatarse de la situación, presa de un acto reflejo. La profesora se dio cuenta, y al verme contemplando la sorprendente e inusual escena, interrumpió la clase y me preguntó:

- ¿Qué te pasa, José Luis?
- A mí nada, le contesté sonriendo.
- Entonces, ¿qué miras...?, me preguntaba de forma pícara, mientras me desarmaba con su risa cómplice y cautivadora.
- ¡Qué malvada eres, Amparo!, le contesté con afecto ruborizado.

La expresividad sensual y femenina de aquella jornada, eclipsó cual esperanto, el inglés de la docente. La erótica influyó, a la hora de aprender tan reconocido idioma. Ya lo creo.

José Luis Meléndez. Madrid, 13 de Noviembre del 2014.
PD: Relato basado en una historia real.
Fuente de la imagen:Flickr.com

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