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23 de noviembre de 2020

Rimas prohibidas

SINOPSIS

El amor único y rosáceo, que nos presenta y vende la sociedad, prescinde de los diversos colores, esto es, de las diversas emociones y fases de las que consta el amor real. Hecho que acaba por convertirse en una trampa mortal para el individuo.


El autor aborda de una forma valiente y sincera, entre otros, el tema del amor, en toda su dimensión emocional. De ahí que Rimas prohibidas dé nombre al título de la obra. En ella se evidencia la naturaleza suicida del amor, como consecuencia de su guion monótono y encorsetado, que conduce por sí mismo, a sus protagonistas, a una muerte dolorosa y cruel.


Por el contrario, el amor verdadero y espiritual, desde el control de la pasión, se erige en un contrincante victorioso frente al amor instintivo y carnal, como un sentimiento más puro, elevado y altruista, que permite al amante compatibilizar su vida interior y su amor, de una forma más amplia, libre, e igualitaria, a todas las criaturas.


La renuncia, la evitación y la negación, se convierten de esta forma, en los antídotos perfectos contra «la soga y la doma» del amor convencional; y la emoción y la reflexión se complementan y equilibran entre sí, por medio de aforismos y de poemas satíricos y filosóficos, que enriquecen la rima, y dotan a la poesía de José Luis Meléndez, de una profundidad que no pasa desapercibida para el lector.

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José Luis Meléndez. Madrid, 21 de diciembre del 2020

13 de noviembre de 2020

Postureo nacional

Imagen del ensayo de alumbrado navideño 2020 (Telemadrid)

El verdadero patriotismo es apolítico y huye de cualquier postureo nacional

¿Se imaginan por un momento a una Autonomía lanzando su bandera contra otra región española? Pues algo similar está ocurriendo desde hace años en España, y parece que nadie se da cuenta. Me refiero al hecho en el que incurren algunas fuerzas del arco parlamentario, cuando utilizan la enseña nacional en cualquiera de sus actos o manifestaciones, intentando apropiarse de ella de una forma partidista, identificándola y arrojándola ideológicamente sobre otros ciudadanos que no piensan como ellos.

Hay antecedentes de algún partido que hizo lo propio en su día animando a los ciudadanos a utilizar la enseña nacional, parte de su  tiempo personal y de sus balcones, como espacio de fortaleza ideológica, en aras de sus propios intereses. Algo hasta entonces jamás visto en España. Lo cierto es que el manoseo ideológico y partidista de la bandera que nos representa a todos los españoles, por parte de dichas fuerzas, antes en balcones y ahora en casas, coches, y hasta en arneses y correas de animales de compañía - al parecer los animales también tienen nacionalidad, pero no Estados que los amparen y protejan -, ha traído y seguirá trayendo efectos muy negativos sobre la sociedad, o mejor dicho, sobre la patria que algunos creen defender, cuando se limitan a enarbolar dicho símbolo constitucional. Basta observar  la polarización que crea y la inestabilidad que ha traído sobre la sociedad y la economía del país, que en teoría, tanto les preocupa a estos salvapatrias.

Lo que resulta inaudito es que se condene a un líder autonómico como Torra por utilizar y poner un símbolo independentista sobre la fachada de un edificio público, y que no se haga lo propio con líderes políticos que utilizan de una forma impropia, indigna y partidista un símbolo nacional que nos representa y que en lugar de enfrentarnos, debería unirnos a todos los españoles. Es por tanto curioso, ver como las fuerzas que de una forma teórica creen defender su bandera, son las que menos respetan el símbolo que nos representa a todos los españoles.

De ahí que debiera reservarse el uso de la enseña nacional para actos institucionales que realmente representen e integren a todos los españoles. Pero para que dicha utilización, normalización y respeto hacia nuestra bandera tenga lugar, sería necesaria una modificación en nuestro ordenamiento jurídico que contemple e integre dichos aspectos básicos.

Evidentemente no es lo mismo ser español, con todo lo que ello implica, que  sentirse en determinados momentos más español que ninguno. El primero no necesita recurrir a elementos externos que le aporten seguridad y refuercen su identidad, mientras que el segundo necesita exteriorizar su condición, como símbolo de distinción y de superioridad social, más que como elemento de unidad nacional. Es lo que podría definirse como patriotismo de clase.

Existe, sin embargo, otro tipo de patriotismo nacional más ligado a la defensa nacional del territorio – patriotismo territorial -, que a la salvaguarda de los derechos sociales o necesidades básicas que integran su concepto de patria, tan limitado como particular – patriotismo social -. Un patriotismo  de tela, fachada, muñequera y balcón – es más fácil colgarse una bandera en la muñeca, que demostrar con palabras y actos el verdadero amor que uno siente por ella -. O acudir a una manifestación de vez en cuando, que ponerse un uniforme y defender los colores nacionales. Y no me refiero a los de la Selección precisamente.

El mayor regalo que le puede ofrecer uno a su patria no es su vida, sino su obra. En otras palabras, para defender una causa, no es necesaria morir por ella. Porque con ello perderíamos la ocasión de volver a quererla y defenderla. No existe más patriotismo en los cuarteles que en los hospitales. En los dos lugares se defiende la patria. En unos más el territorio y en otro más la vida de los ciudadanos.

Es hora de que este país tome nota y aprenda de todos estos ciudadanos, que sin portar banderas dan cada día lo mejor de sí mismos, de una forma anónima, en aras de la paz, de la salud y de un país mejor para todos. Gracias a ellos aprendemos que ser un buen patriota no es lo mismo que ser un buen ciudadano. A veces paseando por algunas zonas de Madrid, da la impresión de que hay más cuarteles, que ciudadanos dispuestos a defender el verdadero patriotismo: aquel que además de ser apolítico huye de cualquier tipo de postureo nacional. Porque entonces termina por convertirse en un nacionalismo, o nacional populismo.

Dentro de unos días, concretamente la última semana de este mes de noviembre, en muchas ciudades españolas se procederá al tradicional encendido navideño. Y como novedad el Ayuntamiento de Madrid, se ha sumado a esta nueva ola de nacionalizar no ya una fiesta, sino una campaña religiosa, que hasta la fecha de hoy ha sido respetada y estado exenta de cualquier símbolo constitucional o de Estado. No es el caso del actual Consistorio madrileño representado por el alcalde Martínez Almeida, el cual ha decidido decorar el eje Prado – Recoletos, que discurre desde Neptuno a Colón, con una enseña nacional de un kilómetro, formada por miles de bombillas, lo cual elevará el gasto total de encendido a 3,17 millones de euros. Un hecho que ha sido criticado en las redes, en un momento como el actual en el cual faltan sanitarios, y se mantienen cerradas algunas Unidades médicas.

Lejos quedan con esta actitud los esfuerzos medioambientales con el proyecto Madrid 360 que pretendía reducir la contaminación en la ciudad. Pero lo que más llama la atención es entender el significado de una enseña nacional de semejantes dimensiones, en unas fiestas religiosas como son las Navidades. Unas Navidades que según parece algunos quieren que sean de sentimientos más nacionales que universales y que desvirtúan el mensaje tradicional de estas fechas. En otras palabras, ¿qué tienen que ver los símbolos nacionales con los religiosos, y viceversa? ¿Va a ver a partir de ahora fiestas hibridas, mitad religiosas y mitad nacionales? De ser así cabe imaginarse lo indignada que debe sentirse la Virgen del Pilar. En primer lugar por deslucir un acto eminentemente religioso, como es la Navidad. Y en segundo lugar, ante semejante precedente, si no se comprometen a partir de ahora, a sacarla en procesión  en el desfile que tendrá lugar el próximo día Doce de octubre, Fiesta Nacional, y de día de su onomástica.

Las banderas dividen y enfrentan a los ciudadanos cuando se permite hacer una mala utilización de las mismas. Ahora muchos nacionalistas creen convertirse en patriotas. Y prefieren lucir la enseña en el exterior de sus mascarillas, antes que llevarla bordada por dentro, lo cual les permitiría además de besarla, sentirla más cerca.

José Luis Meléndez. Madrid, 3 de noviembre del 2020.

7 de noviembre de 2020

Militares

Las guerras no las crean los militares, sino los malos políticos

Callan, pero otorgan. La neutralidad a la que se ven comprometidos, les impide pronunciarse sobre temas políticos que afectan a la honorabilidad de su profesión. Aprenden a obedecer antes que mandar, y saben estar allí donde se les requiere.

Ser militar es una profesión que requiere una gran vocación. Y como es sabido, todas las actividades que requieren vocación, tienen ciertas exigencias, que no todos son capaces de cumplir.

En los tiempos que corren, sin embargo, se ven a muchos patriotas de bandera en balcón y muñequera, que ni la han jurado, ni la han correspondido, hasta el punto de llegarse a jugar la vida en un acto ejemplar de entrega hacia los suyos y su país. Se echa por tanto en falta un merecido reconocimiento por parte del Estado hacia todas esas personas, que un día abandonaron su familia, sus proyectos personales y profesionales, para convertirse por siempre en hombres de Estado. De manera especial a aquellos que lo hicieron de una forma voluntaria y durante más tiempo. Y una manera de reconocer dichos servicios sería considerar como cotizado a la seguridad social dicho periodo, a efectos de jubilación.

En mi más tierna adolescencia, mi familia me ofreció la posibilidad, como hijo del Cuerpo, de acudir a un acto de conmemoración en la Base de helicópteros, que las FAMET - Fuerzas Aeromóviles del Ejército de Tierra -, tienen ubicada en la localidad madrileña de Colmenar Viejo. Un recinto militar en donde años después de la fase de instrucción del CIR - Centro de Instrucción de Reclutas -, realicé durante quince días la fase de adaptación o campamento, antes de ser destinado al centro de transmisiones de la JEFAMET -Jefatura de las FAMET-, situada en el interior del Cuartel General del Ejército.

Ese día, sus majestades los reyes, don Juan Carlos y doña Sofía, acudieron a dicho acto, acompañados del príncipe don Felipe. Entonces era un niño rubio y tímido de ojos azules. Aproveché uno de los momentos en el que estaba cerca, me dirigí a él por su nombre, y tuvimos la oportunidad de estrecharnos la mano, en uno de los hangares del Bheltra V - Batallón de la Unidad de helicópteros de transporte -, cuyo ejemplar más conocido es el Chinook, helicóptero de grandes dimensiones, dotado de dos hélices. Hoy en día es el rey de España.

La disciplina, el orden y la jerarquía, son valores en los que el futuro militar será formado. Pero existe un requisito que no suele explicarse, y que va más allá de entregar la vida. Y es el de cumplir la orden de matar a alguien. Tenga razón o no. Otra cosa es hacerlo en defensa propia. Gracias a esa reflexión que me lanzó un militar como mi tío, conseguí entender que las personas están por encima de los territorios, y de los deseos irracionales e injustos de los demás. A través del servicio militar, que entonces era obligatorio, tuve la ventaja de elegir destino como voluntario.

Durante más de un año tuve la inmensa suerte de compartir relaciones y alguno de esos valores, con personal de Estado Mayor. Personas educadas y amables. Pero también profesionales poseedores de una altísima cualificación personal y humana. Nunca se le olvidarán a este ex soldado los saludos de los Generales, una vez cumplido el CIR, y el campamento en la base de helicópteros de Colmenar Viejo. Aquellos saludos correspondidos por parte de aquellos soldados de altísima graduación, le producían a uno unas sensaciones de reconocimiento, igualdad, respeto y honor hasta hoy indescriptibles.

Hasta aquí la parte bonita. Porque también he visto a mi padre comprobar los bajos de su coche cada mañana, antes de salir a trabajar, vestido de uniforme de faena. Y he echado, al igual que él, en falta durante largos días su presencia y su compañía, las veces que fue destinado fuera de España a defender los intereses de todos los españoles, incluidos los de aquellos que reniegan de las personas de este colectivo.

Es cierto que las Fuerzas Armadas gozan en la actualidad de un gran prestigio entre los españoles. Sin embargo, desde algunos sectores del progresismo más sectario, se sigue viendo a los militares como hombres de guerra, más que como hombres de paz, pertenecientes a una fuerza más disuasoria, que bélica.

Este desprecio supone una gran injusticia hacia todos los hombres y mujeres de nuestras Fuerzas Armadas. Porque las guerras no las crean los militares, sino los políticos. Estos son por tanto los que tendrían que ser puestos en cuestión, y no el personal de las FAS, formadas por hombres y mujeres mucho más comprometidos. En otras palabras: si existieran buenos políticos, no existirían militares. Eso sí, cuando se trata se misiones humanitarias, llega la UME - Unidad Militar de Emergencias -, o cuando hay que escoltar la casa de algún político, no estorban.

Hoy gracias a estas líneas he entendido de una manera rotunda aquellas palabras que un día me dijo mi padre: “Hijo mío, si un día me pasa algo, no quiero que entre ningún político en casa”. Palabras que hoy no tengo el mínimo reparo en recordarlas y hacerlas públicas.

Porque los militares son una consecuencia del fracaso de los políticos. Y los ciudadanos son los que terminan pagando sus consecuencias.

José Luis Meléndez. Madrid, 15 de junio del 2019. Fuente de la imagen: wikimedia.commons.org.

1 de noviembre de 2020

Famosos y populares

El precio de la fama es mucho más caro que el de la popularidad

No creo como se dice y se piensa que España sea un país de cotillas. Eso supondría afirmar que la mayoría de españoles son deportistas porque ven partidos deportivos.

El verdadero cotilleo suele ser dañino para uno mismo y los demás. El chismorreo y los rumores que se producen en el ámbito familiar y laboral por el contrario, sí que suelen conllevar trágicas y tremendas consecuencias, como son las rupturas irreconciliables, las ruinas económicas, las depresiones y las tendencias suicidas.

Existen personas que unen equipos humanos y otras que de forma consciente y premeditada echan por tierra el trabajo y el sacrificio que aquellas dejaron, gracias al amor y a la nobleza que demostraron en su vida, como es el de mantener unido y cohesionado el grupo.

Un programa de corazón después de un telediario o la lectura de una revista, no constituyen por si mismos un agravio personal ni social, si no sobrepasa los límites de la moral y del género visceral y sanguíneo, que termina pleiteando en los tribunales, entre los compañeros del plató. Entonces la prensa rosa termina por convertirse en un formato televisivo de colores más siniestros y terroríficos, en donde la información y la tertulia civilizada y sosegada termina dando paso a la intimidación y la descalificación.

Constituye por tanto una injusticia referirse a los lectores y espectadores de dicho género con dichos calificativos, cuando lo que la inmensa mayoría busca es desconectar de sus tensiones diarias, de su trabajo, o de su vida personal durante unos minutos.

Hay personas que han llegado a adquirir semejante condición gracias a otras personas reconocidas socialmente, mientras que otros han conquistado la fama, gracias a su profesión, o a su carisma personal. Esta es la diferencia que desde mi punto de vista existe entre un personaje popular y otro famoso.

El famoso nace como consecuencia de su trayectoria personal y/o profesional. El popular se hace gracias a la ayuda del primero, lo cual nos lleva a concluir que un personaje popular nunca podrá llegar a ser famoso y viceversa. A las personas famosas no les hace falta vender su vida. Por el contrario las personas populares son más dadas a los reportajes y a las exclusivas, y sus relaciones suelen ser menos duraderas y estables que la de los primeros.

Las continuas exposiciones mediáticas de las personas populares motivadas por sus intereses personales y económicos, la superficialidad de sus relaciones, así como el cortoplacismo en los cuales están basadas dichas uniones, impiden que se prolonguen en el tiempo más allá de lo que lo haría una pareja convencional.

Es difícil llegar a entender el matiz que se le da a la crónica social cuando se la denomina prensa rosa o del corazón. Máxime cuando algunos programas de televisión se emiten en unas horas en las que el estómago es el protagonista de las sobremesas. ¿Qué corazón existe cuando un miembro de una pareja demanda a al otro y lo hace público? O cuando un ex hace declaraciones públicas revelando aspectos íntimos y personales de su relación.

Las revistas de crónica social no son publicaciones exclusivas de los admiradores de la cardiología emocional de nuestras celebrities, ya que incluyen secciones como decoración, jardín, hogar, belleza, cocina o salud, gracias a cuales, otros órganos del cuerpo como el cerebro, la vista, o el estómago, tienen la oportunidad de retroalimentarse, razón por la cual dicho género debería dejar de llamarse prensa del corazón.

Se tiende asociar la fama con el éxito cuando lo cierto es que muchos personajes de éxito no son famosos, ni conocidos, y muchos personajes populares que salen en los mismos lo hacen por su situación de fracaso matrimonial, personal o laboral.

Los famosos aparecen y parecen felices en sus instantáneas. Casi nunca aparecen tristes, con unos cuantos kilos de más o en actitudes comprometedoras. Pero lo cierto es que también sufren, lloran, e incluso desarrollan fobias y depresiones como consecuencia de la falta de respeto y de privacidad a la que se ven sometidos ellos y sus familias, por algunos paparazzi indiscretos.

El precio de la fama es mucho más caro que el de la popularidad porque el famoso es más reacio a sus apariciones públicas, mientras que el personaje popular es más propenso a sobreexponer su vida personal, y su imagen pública. Pero el precio de la vida personal lo es infinitamente mayor si se tienen en cuenta valores como el anonimato, la libertad, y la intimidad.

José Luis Meléndez. Madrid, 24 de Mayo del 2019. Fuente de la imagen: wikimedia.commons.org