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2 de agosto de 2021

Caperucita y el lobo

A día de hoy, no sé que me sorprende más, si la capacidad de creer en alguna explicación, que a pesar de no estar constatada y contrastada tranquiliza al ser humano, o la superinteligencia genética que posee el pangolín o el murciélago a la hora de crear mutaciones...

El caso es que Biden ha dado tres meses a sus propios servicios de inteligencia, para que aclaren el origen de la Covid. Una forma de preparar a la humanidad ante los verdaderos orígenes y responsables de dicha pandemia.

Contarle a la humanidad, sin pruebas, que los orígenes de un virus tan sofisticado, proviene de animales, es igual de creíble que si se echara la culpa al lobo feroz por haber infectado en el bosque a Caperucita Roja. Lo raro es que la abuelita al ser población de riesgo no terminara como ella, contagiada.

Pues en este caso, la abuelita sería la humanidad que se ha dejado contagiar por la versión pangoliana, lo cual nos viene a indicar que la información no contrastada, tiende a mutar con la misma conveniencia que los virus del lobo o de la loba feroz, según sea el país originario del cual se trate.

Colorín, colorado...

José Luis Meléndez. Madrid, 2 de agosto del 2021. Fuente de la imagen: wikimedia.commons.org

12 de septiembre de 2016

El circo felíz

“Lo único que desean los animales, es salir y estar con sus familias, como lo estáis hoy aquí vosotros”

Los payasos acaban de hacer acto de presencia en el escenario. La extraña actitud inicial de ambos, enseguida despiertan la curiosidad y los recelos de los asistentes. Con semblante serio, Mimos y Risitas, dirigen sus primeras palabras entrecortadas, e intentan levantar los ánimos del auditorio familiar, compuesto por niños, padres y abuelos.

A duras penas, y, tras un primer intento fallido, por escasos segundos, consiguen dibujar la mueca más deseada y universal, que instantes después es difuminada en sus rostros, por unas lágrimas que intentan disimular:

-Pero ¿qué les pasa a estos payasos?, preguntan entretanto los niños a sus padres y abuelos. ¿Por qué no se ríen, ni son tan divertidos como los demás payasos de otros circos?
- No lo sé, cariño, le dice uno de los padres a su hijo. Cuando termine la función, vamos, y se lo preguntamos, ¿quieres?
- Vale, responde el niño.

Al terminar la representación, Mimos y Risitas, salen de nuevo a la pista, para despedirse de todos los niños y niñas.

- ¿Por qué no aplaudís, niños? ¿No os ha gustado nuestra función?, pregunta Mimos.
- ¡Nooo!, responden muchos niños y niñas a la vez. Habéis estado muy tristes, y no nos habéis hecho reír.

Entonces al payasote Mimos, se le escapa una lágrima al suelo, y Risitas sin verla, y sin darse cuenta, se resbala y se cae al suelo. De repente todos los niños empiezan a reírse, pero a Mimos se le escapa otra lágrima, un poquito más grande.

- ¿Por qué lloras, Mimos?, le pregunta una niña.
- No, por nada. Es que estoy muy contento.
- Ja, ja, sonríe la niña. Pero si estás tan contento, ¿por qué lloras, en lugar de reírte con nosotros?
- Es que tengo un secreto muy grande, y una noticia muy, pero que muy alegre que contaros. Y no sé cómo hacerlo.

"Vosotros os iréis a vuestras casas, pero los animales seguirán en sus jaulas"

- Si nos lo cuentas, te prometemos que no diremos nada a nadie. ¿A que sí?, le pregunta una niña a los demás niños.

- ¡Nooo!, contestan todos los niños.
- Está bien, dice Mimos. Responderme a una pregunta: ¿Os gustan los animales?
- ¡Síii!, responden todos
- Pues entonces, tenéis que decir a vuestros papás, y a vuestros abuelos, que nuestros amigos los animales, no son felices en los circos. Nosotros que vivimos con ellos, lo sabemos muy bien. Los vemos tristes en sus jaulas. Unos pasan frío, otros pasan calor. Unos tienen hambre, porque no les dan de comer, hasta que no hacen bien su trabajo.

Los animales, queridos niños y niñas, se llevan muy bien con los hombres. Sin embargo algunos hombres no tratan bien a los animales, porque no les dejan salir a la calle, como hacéis vosotros. Tampoco les dejan ver a sus familias. ¿Sabéis que los animales que habéis visto hoy en el circo, pasan el día y duermen en jaulas? Lo único que desean es salir de ellas, sentirse libres y estar con sus familias, como lo estáis hoy aquí vosotros con los vuestros. Vosotros os iréis a vuestras casas, pero ellos seguirán en sus jaulas.

Como veis, queridos amigos y amigas, los circos con animales, no son lugares alegres. ¿Entendéis ahora porqué existen payasos tristes como nosotros, en circos tristes con animales?:

- ¿Y por qué no encierran entonces a los hombres en lugar de a los animales?, pregunta un niño.
- Porque es un castigo que está permitido en algunas ciudades como esta.
- ¿Y cuál es la buena noticia que tienes que contarnos?, pregunta una niña impaciente.
- La buena noticia, contesta Mimos, es que ya no vamos a trabajar en circos con animales. A partir de mañana, vamos a trabajar en otro circo, en donde todos los espectadores, los trabajadores, y los animales, son felices.
- ¿Y cómo se llama ese circo?, preguntan los niños.
- Se llama el circo feliz. Cada día existen más circos felices en el mundo, gracias a muchas personas de buen corazón. Así que ya sabéis, queridos niños. Si queréis pasar un rato súper divertido, decirles a vuestros padres que os lleven a disfrutar a un circo feliz sin animales. Ah, y recordad, que no hace falta comer perdices, para ver a payasos felices. ¡Hasta pronto!

José Luis Meléndez. Madrid, 19 de mayo del 2016.
Fuentes de las imagenes: flickr.com

7 de febrero de 2015

La escuela de Villa Sora

En una casita del bosque, vivía una profesora muy, muy buena llamada Soraya. Durante el día daba clases a los niños y a las niñas que vivían en los pueblos más cercanos. A los niños les gustaba mucho ir a Villa Sora, nombre de la escuela que llevaba el nombre de su fundadora. La escuela tenía un cuarto con libros muy divertidos y entretenidos, plastilina, cuadernos de colores, y estuches que tenían colores, tijeras, y pegamento para hacer trabajos manuales.

En su exterior tenía un jardín muy bonito con muchas flores mágicas que curaban heridas y enfermedades. Cada una de ellas tenía un olor y un color distinto. De vez en cuando venían mariposas, y otros animalitos a comer las migas de los bocadillos de los niños. También había un tobogán, varios columpios, un castillo para jugar a las princesas y a los caballeros, y un barco de madera para defender con sus piratas a los príncipes.

Cuando los niños salían al último recreo se lo pasaban tan bien que se olvidaban de todo, y los papás tenían que venir a buscarlos. A la entrada del jardín había un haya, un árbol grande y misterioso. Sus ramas se parecían a los brazos y sus hojas al pelo de las personas. Cuando hacía viento sus hojas producían un ruido como si se estuviera riendo. Debajo del árbol había una mesa con sillas de madera, y cuando salía el sol todo el grupo salía y terminaba la clase al aire libre.

Un día, Nerea, que era la chica más lista de la clase, le preguntó a Soraya la profesora:

- Profesora... ¿si traemos los deberes hechos, podremos quedarnos más tiempo jugando?
- Claro que sí, contestó Soraya, pero tenéis que decírselo antes a vuestros papás.

Un día Saya que era como los niños llamaban a la profesora, explicaba en clase. Pero enseguida se dio cuenta que nadie le hacía caso:

- ¿por qué no hacéis caso a lo que os estoy enseñando?, les dijo Saya.
Los niños en lugar de contestar a la profesora miraron a la ventana.

- ¿Os habéis entretenido porque hay un pajarito en la ventana?

A continuación Saya se acercó al cristal de la ventana, y le dijo al pajarito:

- Hola pajarito, dime, ¿qué quieres?
- Pío, pío, contestó el pajarito.
- No te entendemos, dijo Saya. Pero si pronuncias las tres palabras mágicas: “Pio, pío, Pi”, te concederé con mi varita mágica la posibilidad de hablar.
- Eso, eso, respondieron todos.
- Entonces el pajarito pronunció las tres palabras mágicas: Pío, pío, pi.
- Y bien dime ahora pajarito: ¿Cuál es tu nombre?, le preguntó Saya.
- Me llaman Pipo, porque me gusta mucho la fruta, y me como toda hasta dejar pelado el hueso.

¿Os habéis dado cuenta? comentaban los niños entre sí. La profesora tiene poderes mágicos. Es una bruja.

- No preocuparos dijo Nerea, es solo una brujita buena.
- Y dinos Pipo, ¿qué querías decirnos cuando piabas?, le preguntó Saya.
- Los animales del bosque estamos un poco tristes, porque no vienen los niños a vernos, y por eso estamos dejando de cantar y no se nos oye.
- ¿Queréis entonces que vayan los niños al bosque?
- Sí. Nos sentimos un poco solos, así que si venís todos, os daremos una pequeña sorpresa.

Los niños empezaron a gritar como locos:

- “Sí, eso, vamos todos”.
- Está bien, contestó Saya. Dejar todo y vestiros que nos vamos al bosque.

Los niños y Saya, fueron siguiendo a Pipo, que iba marcando el camino mientras saltaba de un árbol a otro y silbaba la más de contento. Cuando llegaron al centro del bosque, estaban esperándoles otros pajaritos de otras muchas más especies como mirlos, palomas, verderones, jilgueros, tórtolas y gorriones, y les recibieron piando todos juntos de alegría:

- Pipirripipí, pío-pío, cucu, cucurrucucú, gruag.

Los niños empezaron a reírse, y los pajaritos mientras tanto dejaban caer al suelo frutos que cogían del bosque como moras, arándanos, trocitos de manzana, cerezas, peras y otras frutas muy ricas.

- ¿Por qué nos dais estos frutos? Preguntó Nerea.
- Para que Saya os haga una tarta de frutas, y celebremos nuestra amistad juntos en Villa Sora.
- Vale, contestó Nerea. Toma Saya, llévalos tú.
- Pues hala, vamos dijo Pipo. Yo os voy guiando.

Juntos volvieron a Villa Sora, mientras cantaban por el camino: "tralalá, pio, pio tralalá…"

- Bueno, ya hemos llegado. Supongo que estaréis cansados. Sentaros todos, dijo Saya. Voy a preparar la tarta de frutas del bosque. Mientras tanto, ir poniendo la mesa en el jardín, que vamos a comerla en la mesa, debajo del haya.

Los pajaritos llevaban sus frutos encima de la mesa, mientras los niños colocaban el hule, los vasos, los platos y los cubiertos.

- ¿Os gusta? Les preguntó Saya a todos.
- ¡Ummm!, sí, mucho. Está riquísima.

Entonces muchos más pájaros contentos, se animaron a venir a Villa Sora a hacer sus nidos en el haya del jardín, y en el tejado de la escuela. Los alumnos y los pajaritos estaban tan felices, que los niños de otras escuelas empezaron a sentir envidia porque en Villa Sora sacaban las mejores notas de la ciudad. Todos querían entrar, quedarse y dormir en la escuela de Saya.

- Tranquilos, dijo Saya. El próximo año seremos más, y ampliaremos la escuela. Mientras tanto ser buenos e iros haciendo amigos de los animales.

Colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

José Luis Meléndez. Madrid, 7 de Febrero del 2015.
Fuente de la imagen: Flickr.com