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13 de febrero de 2017

Lobos solitarios


El hombre lobo, y el lobo solitario, aun tienen mucho que aprender de los peluches y de los animales

Estimado señor Amón, dos puntos. Acabo de leer la caquita de artículo (ver aquí) que ha escrito usted en el diario El País, el 8 de febrero, y cuyo título es: "El lobo es un hombre para el hombre". Espero que no se ofenda usted, don Rubén, y que emplee al menos, los mismos recursos intelectuales (los emocionales va a ser imposible), que yo como perra he empleado al olfatear sus nauseabundas líneas. Si le soy sincera, ha sido un placer, porque la caca es un bien cultural muy preciado en el mundo canino, al cual como puede ver pertenezco. Estoy convencida que como reconocido humanista, tendrá usted una entereza superior a la que una servidora ha tenido, al leer su ponencia antianimalista, y que debido al tono y al tema que nos ocupa, me imagino que ha escrito a "cara perro".

Le voy a contar un secreto que usted seguramente no sepa, don Rubén: los perros leemos los olores. No sólo eso: escribimos y contestamos los emails o correos que otros miembros de nuestra especie dejan en el suelo, y no son recogidos por sus tutores. También (tome nota), les deificamos, y les "hablamos", bien sea ladrándoles, dándoles con la pata, reclamando su juego y sus caricias, o lamiendo su cuerpo.

Habla usted (más bien se queja), de la deificación del hombre con respecto a los animales. Una aclaración señor Amón: la deificación consiste en la adoración de un ser inferior a otro superior, y no la de un hombre a su mascota, como usted pretende hacernos creer. Así que somos nosotros, las mascotas, las que adoramos y deificamos a nuestros tutores, y no al revés, ¿o duda usted a estas alturas del mejor trato que las mascotas dispensamos a nuestros tutores? Si al menos se hubiera tomado la molestia de haber consultado las cifras de maltrato animal, se hubiera evitado usted la confusión.

No entiendo, pero respeto, el templo del fundamentalismo humanista desde el cual usted habla, según el cual, una niña puede vestir a una muñeca, por su forma humana aunque tenga el electrocardiograma plano, pero no a un ser vivo como es un animal que responde con cariño a toda su manada, con una intensidad y un desinterés superior al que se le dispensa. Comprendo como consecuencia de su forma de pensar y de sentir, que no esté todavía preparado para documentarse sobre el maltrato físico y psicológico que padecemos los animales en los circos, en los zoológicos, y en los hogares de su país. Lo que no entiendo, es como usted ha preferido frivolizar sobre las "relaciones" íntimas entre nosotros los animales y nuestros tutores. Nosotros como ve, tenemos un mayor auto concepto y respeto por los humanistas carentes de humanidad, que critican nuestras relaciones familiares y de manada. Lamento por lo tanto su mentalidad radical y humanista, tan poco solidaria y universal que se desprende de su texto.

Entiendo la sorpresa que usted se ha llevado a su edad, al descubrir que los animales formamos parte del prójimo. Tiene usted razón: es un problema del mundo occidental, pero por lo que veo también de usted mismo. Los orientales se dieron cuenta, ocho siglos antes de Cristo, y siguen considerando como prójimo cualquier ser vivo independientemente de su morfología, gracias a la cual usted discrimina como buen humanista unas especies de otras.

Incurre usted en varias contradicciones, cuando atribuye al mundo moderno una relación "arbitraria y artificial" (¿se refiere usted a los animalistas?), y critica a la vez la sensibilidad social y la pujanza del fundamentalismo (sic) animalista, han conducido a una desmesurada deshumanización de la fauna doméstica y salvaje. Entiendo lo solo y lo mal que debe sentirse usted como consecuencia de su insensibilidad social con los animales. No se preocupe, es lógico que no entienda nuestro mundo emocional.

Y, hombre, don Rubén, que nuestra corriente animalista llegue ahora a occidente (y que tanto le preocupa), no quiere decir que no haya existido antes. Ha citado usted a Perrault y a Esopo, que dio voz a los animales antes que Walt Disney. Se le ha olvidado citar a Rómulo y Remo, fundadores del mundo occidental y de la ciudad de Roma, los cuales fueron amamantados por la Loba Luperca. Y puede retroceder unos cuantos de miles años más para ver como los egipcios adoraban al dios Anubis, el cual tenía cuerpo de hombre y cabeza de perro. Le recomiendo por lo tanto que amplíe sus miras y su bibliografía, y que además de Esopo y Perrault, grandes amantes de los animales, se lea "Siddharta", libro de Herman Hesse que narra la historia del Buda universalista y que usted como buen humanista seguramente no entienda.

Lo normal señor Amón, es que los perros ladremos y hablemos, lo realmente inaudito es que algunos hombres no sepan "morderse la lengua", contener su rabia, y que se inmiscuyan en las relaciones íntimas y afectivas que se dan entre miembros de distintas especies. Lo siento. LLega usted tarde con su fundamentalismo humanista a pretender ponerle puertas al campo a nuestras relaciones de manada y de familia. Eso sí que es fundamentalismo sin fundamento. Entiendo que para usted el perro no sea el mejor amigo del hombre, y que se decline por el lobo feroz. Permítame que dude sin cuestionar los feroces principios progresistas de la "Caperucita roja" de su boligrafo, cuando pretende limitar el derecho de libre expresión emocional entre las distintas especies, bajo el formato que fuere. Ninguna autocrítica previa sobre la sobre humanización del hombre, cuando traicionó y abandonó la naturaleza. Los animales a diferencia de usted, sentimos la pérdida de cualquiera de nuestros tutores, por eso lo último que hacemos es recordar , como usted ha hecho, hechos tan vergonzantes y execrables para los humanistas con un mínimo de humanidad, como son las ejecuciones de Excálibur y Cecil, entre otros, ironizando sobre ellas.

Califica usted de "histerismo", el comportamiento que la sociedad sensible manifestó a la hora de impedir el sacrificio de Excálibur, el perro de Teresa Romero, injustamente ejecutado en base al principio de precaución, y no al de prevención, como hubiera sido haberle aislado, tomando ejemplo de varios casos similares ocurridos en la mismas fechas en países como Estados Unidos. También le molesta. Ironiza con respecto a la excesiva repercusión, y la sentida acogida que tuvo en el mundo el asesinato de Cecil, el león acribillado cobardemente y sin ningún motivo a balazos, en un safari, por el dentista (y humanista) Robert Mugabe en Zimbabwe, y que dejó viuda a su hembra y huérfanos a sus hijos: "Otra cosa es que le hubiera picado una serpiente venenosa". Lo dice usted desde su altivez humanista y fundamentalista, que puede decir todo lo que quiera, porque sabe que nunca será fusilado. Otra cosa es que usted tuviera el valor de pronunciar estas palabras, delante de la manada huérfana y viuda. Ahora se entiende mejor el título de su libro: "El tigre mordió a Cristo", en la cual vemos como de la mordedura de los animales (disculpe, de "las fieras"), no se libran ni los dioses más humanos. ¡Qué horrible!

Lamento que no haya tenido usted la oportunidad de haber entablado una relación de profunda amistad con algún animal que pudiera haberle hecho cambiar de opinión. ¿No cree usted señor Amón, que ya tenemos bastantes muestras de odio y de maltrato, para que venga usted a criticar los excesos desmedidos de cariño que nos profesamos entre especies? Habla usted de los deberes que los tutores tienen de tratar a sus mascotas, como usted desea. ¿Con qué derecho se inmiscuye usted en nuestras vidas, pretendiendo decirnos como tenemos que relacionarnos con nuestras mascotas? ¿Con qué conocimiento de causa? Me imagino si piensa esto de los cuadrúpedos como una servidora, que opinará sobre los bípedos como los homínidos, antecesores de los humanistas, y que tienen costumbres tan similares a las humanas: ¡qué horror!, ¿verdad?

Existen muchas diferencias entre su especie y la mía señor Amón. La primera es que tenemos unas mínimas nociones de su idioma, que nos permite entender a su especie. Usted es incapaz de interpretar un solo ladrido. Y por supuesto no me le imagino ladrando: no le daría a usted tiempo, entre tanta mordedura. Siento por lo tanto, darle varios disgustos, por su animadversión a la voz animal, y por las apariencias humanas de mi especie. Disculpe usted en primer lugar, por el rechazo que puede provocarle mi chaleco verde, el cual llevo por prescripción veterinaria, durante estos duros meses de invierno. Me disculpo públicamente, cosa bastante improbable en usted. Y disculpe por caminar por encima de la tierra, y del césped, con más respeto y cuidado del que usted escribe. Usted pisa la tierra, y nosotros los animales andamos descalzos sobre ella.

Acusa usted a la actual "deificación" (sic), de los animales, no a Esopo ni a Perrault, sino a Walt Disney por poner voz a los animales, y hacer más inteligibles sus películas a los niños. Verá usted, don Rubén: los animales siempre hemos tenido voz propia, otra cosa es que usted haya hecho oídos sordos a todas las especies. Permítame una recomendación: salga un instante al parque y escuche la voz de las "fieras", como usted dice. Escuche el piar de los pájaros, el ladrido de los perros, y compárelos luego con el griterío humanista que usted deifica. Es posible que usted deje de tener esas idealizaciones y esas deificaciones, que de una manera distorsionada ve en las relaciones con nuestros tutores. Todavía está a tiempo de reconciliarse con el mundo animal y natural que le rodea, ¡créame!

¿Ha olvidado usted señor Amón, su condición de animal racional de dos piernas? Me resulta curioso, cuando no llamativo, que no hable usted de sus relaciones con los animales, ni que tampoco especifique dónde están para usted los límites de lo que usted considera relación normal con el mundo animal. Y mucho menos habla de nuestros derechos. Es lo mínimo que una persona (perdón un humano) integra, puede hacer cuando habla de seres indefensos, desprotegidos y maltratados. Pero usted ha preferido arremeter y entrometerse, como un lobo solitario en las relaciones íntimas y emocionales entre nosotros los animales y nuestros tutores. La mordedura de un lobo solitario don Rubén, es mucho más cruel, dañina y feroz, que la del lobo de mayor pedigrí. En primer lugar por su carga consciente de premeditación, y en segundo lugar por su falta de compasión cuando no le importa herir de forma gratuita el alma y los sentimientos de nuestras manadas y nuestras familias. Espero (no así confío), que con el transcurso del tiempo, y en la medida en que le sea posible, logre adiestrar el fiero humanista que lleva usted dentro.

Da la impresión, después de leer el texto ,que según usted es mejor la indiferencia que un cariño desmedido y exacerbado con respecto a nosotros, y al final termina convirtiéndose cuando actúa como verdugo, en su propia víctima, por su forma de relacionarse y de dirigirse hacia ciertos colectivos y personas. Piensa usted, ilustrado don Rubén, que "la humanización de los animales corresponde a la deshumanización de los hombres". Ignora que al hombre no le hace falta ningún animal para deshumanizarse. Basta con leer su artículo. El hombre señor Amón se deshumaniza cada día a sí mismo. La verdadera grandeza de lo humano, es el amor y la defensa por los más débiles.

Califica de hipócritas y de cínicas las actitudes de los veganos y de los vegetarianos, y para ello justifica y argumenta la existencia de un gran stock de animales sacrificados en los mataderos. Su exacerbado y desmedido humanismo, le impide entender que reduciendo la demanda animal como consumidores, se puede evitar una oferta y una sobreoferta de sacrificio animal. Dice usted que "el urbanita tiene una percepción idealizada de la naturaleza, y que ha convertido la fiera (sic), en un semejante", y confunde y tergiversa el término "semejante" con el de "amigo". Califica de "caspa y de facherío", la actitud de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, por liberar a "las fieras" (sic) del circo, y por pelear la sentencia del Supremo que habilita las corridas (torturas) de Toros en La Monumental. Y a continuación equipara la cultura con una corrida de toros, cuando afirma que ahora los catalanes tienen que emigrar a Francia para ver una corrida, como en su día hicieron los españoles con las películas de Buñuel.

Pero cuál es mi sorpresa, cuando una descubre al final de su ponencia anti animalista, que no solo los animales dotados de voz y que hablan tienen la culpa. Parte de la culpa recae también sobre ¡¡los peluches!!: "La sociedad ha deificado el peluche, a expensas de los deberes con el humano hombre". Porque el hombre nunca se comporta como una fiera, ¿verdad señor Amón? Entiendo que el peor regalo que podrían hacerle no sería un peluche, sino un animal de la especie que fuera. Demasiada ternura para tanto desprecio, y demasiados riesgos, ante tanta incertidumbre. Así que ya no solo es Esopo, Perrault, Walt Disney, es la sociedad la culpable del mal uso que ha hecho de los peluches (no del maltrato). Esos muñecos con forma animal que no tienen voz, pero que han facilitado el enriquecimiento personal de las relaciones humanas, y el desarrollo cultural desde la infancia, reconciliándonos con el medio natural que un día abandonamos y que aún muchos aborrecen. Siento también su posible y desafortunada experiencia con los muñecos, don Rubén. Lo ha tenido usted que pasar mucho peor que muchos miembros de nuestra especie que siguen muriendo abandonados, torturados y asesinados por su especie. Yo por el contrario, tengo el inmenso privilegio de trabajar a diario con estos compañeros a los que usted llama peluches. Un peluche señor Amón, es mucho más inocente e inofensivo que usted cuando escribe. El hombre lobo, y el lobo solitario, aún tienen mucho que aprender de los peluches y de los animales.

Firmado:

Kutxi Meléndez
Jefa Redactora de La Pluma Verde

José Luis Meléndez. Madrid, 11 de febrero del 2017

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