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28 de febrero de 2024

¡Feliz cumpledaños!

Aún sigo llorando este día como una festividad que los demás se han montado a costa de mi llegada al mundo

La bibliotecaria después de formularle la pregunta y de exponerle mi situación personal asiente con la cabeza y una media sonrisa: puedo permanecer en la sala, a pesar de mi condición de refugiado. Dentro de escasas horas voy a nacer, pero seguro que más de uno ha decidido no esperar y felicitarme en el día de mi cumpleaños por adelantado.

Ni siquiera me han dado tiempo a que se abriesen mis ojos y a que mis delicados oídos escuchasen las mismas patochadas del año anterior: "¡feliz cumpleaños!". Como si el hecho de cumplir años fuera un acto en el cual uno se ha de sentir exclusivamente feliz, y, que para más inri hay que celebrar por imperativo social. Pero lo más grave es que han sido felicitaciones que se han realizado sin que un servidor llegara a la vida, sin que estuviera presente.

El hecho reviste más gravedad cuando uno repasa los sesenta cumpleaños pasados. Todas las felicitaciones que he recibido a lo largo de mi vida han sido realizadas antes de mi hora oficial de nacimiento al vientre de mi madre, más que al niño que lleva dentro. Con este gesto lo único que han conseguido es sumarle a mi madre sesenta años más de la cuenta, lo cual es un agravio mucho mayor hacia ella que hacia el supuesto protagonista de este día.

Los cumpleaños son fechas en las cuales uno recibe varios tipos de felicitaciones. Las hay sinceras, de compromiso, cotillas para ver qué haces y que es de tu vida. Las hay vengativas y crueles que a través una pregunta, te hacen recordar los años que tienes. Las hay de bienqueda en las cuales uno queda mejor con su conciencia que con el recién nacido, y, existen felicitaciones hipócritas, en las cuales el enemigo se disfraza de amigo.

Comprenderán ahora, que en un día como este, por culpa de algunos, me sienta poco menos que perseguido ante las llamadas inoportunas e indiscriminadas y que no entienda como encima se me acose y acuse de no cogerlas, cuando todavía no he nacido. Eso además de ignorancia es un ejercicio de mala fe.

Y teniendo en cuenta que mi hora oficial de nacimiento son las 22:00 horas, supongo que una gran mayoría de personas comprenderán porqué mi teléfono con su respectiva asistente personal, dotada de inteligencia artificial, permanece apagado en espera de que yo nazca. Por tanto las felicitaciones oficiales y reales deberían realizarse entre las 22:00 y las 00:00 horas, algo que nadie cumple en mi cumple (valga la redundancia).

Felicitar a través de una llamada o de un mensaje, con dos palabras prefabricadas para la ocasión la llegada al mundo de un supuesto ser querido, en lugar de hacerlo personalmente, no deja de ser un simple cumplido. Así que como dicen que es de bien nacidos ser agradecidos, procedo en este mismo momento como cumpleañero a devolver los cumplidos recibidos con el mismo ánimo con el que estos años me fueron en su día proferidos. ¡Feliz cumpledaños!, pues, por todos los daños recibidos.

¿Por qué la imposición forma parte de la supuesta felicidad que se le atribuye a este día?. ¿Por qué no se le pregunta a la gente antes de felicitarle el día, si lo celebra? ¿Por qué no nos felicitamos por otras cosas más importantes, de una forma espontánea, durante el resto del año? Si al menos fueran originales y sorpresivas las felicitaciones, pero es que ni eso...Todos los años las dos palabritas típicas (ocúpate de ser feliz tú en el tuyo, que a mí con mi normalidad me basta, ¡guapo!). O ¿Por qué no te ocupas de ser feliz tú en el tuyo y yo me ocupo de lo mismo cuando a mí, y no a todos, os parezca...?

Es absurdo desear felicidad. No porque muchos le deseen a uno felicidad va a serlo más. La felicidad se conquista, y, como todo, empieza por uno mismo. Una felicidad que se desea para un simple día, no es una felicitación sincera. Al recordar la fecha de nacimiento la primera conclusión que uno saca es que es no un año mayor, sino más viejo. Y me adelanto ante la pregunta de algún curioso/a: tampoco me consuelan las felicitaciones que vienen de personas más mayores.

¿Es acaso feliz el recién nacido ante su llegada al mundo? La primera manifestación de un recién nacido al mundo y a sus padres es un llanto. LLanto que bien podría traducirse como: "¿por qué me habéis traído a este mundo sin mi consentimiento?". No es de extrañar por tanto, que ante semejante pregunta los padres le devuelvan la respuesta al bebé con una sonrisa feliz e impotente, ante la felicidad exclusiva que supone para ellos. Me alegra comprobar, la coherencia que he mantenido en este día, a pesar de los años. Aún a mis 61 años sigo llorando este día como una festividad que los demás se han montado a costa de mi llegada al mundo. Y eso si que tiene motivos para cabrearse, más que para ser feliz. Lo más divertido

Lo más divertido de los cumpleaños, sin duda alguna, es escuchar al día siguiente, los mensajes, sus contenidos, los tonos de voz, imaginándose las respectivas caras carnavalescas, para ver como se retrata cada uno en una fiesta a la que nunca fueron invitados. Lo más triste es que no me ofrezcan el mejor regalo que pueden regalarme en este día, que es la empatía necesaria para celebrar el día como más me apetece, sin necesidad de comparecer necesariamente ante una tarta delante de una mesa, ni de dar ningún tipo de explicaciones que no salgan voluntariamente de mi.

Eso sí, los ganadores de dicho concurso, como pueden imaginarse, todos los años, reciben la cumplida respuesta y agradecimiento a las felicitaciones más sinceras. Y curiosamente siempre son los mismos...

José Luis Meléndez. Madrid, 28 de febrero del 2024. Fuente de la imagen: pixabay.com

23 de febrero de 2024

La prótesis

En estos tiempos, es raro conocer a alguna persona que no requiera  de una prótesis tecnológica

Lamentablemente la vida ya no es tan humana como lo era antes. En estos tiempos que corren, es raro conocer a alguna persona que no requiera de una prótesis tecnológica para relacionarse con los demás, y, de paso sobrevivir a la burocracia imperante.

La tecnología, “según sus avances” (sic), está transformándonos en seres cada vez más discapacitados. Por ejemplo, ya no somos capaces, como hacíamos antes, de dirigir la palabra ni de dar los buenos días a alguien que se encuentra en una parada o estación del transporte público. A nivel fisiológico la tecnología ha agachado nuestras cabezas, como evidente muestra de adoración y de beatitud que se le profesa de una forma tan continuada, como obscena. El mundo, la vida, ya no es lo que te rodea, es lo que existe dentro de un plasma móvil.

Si bien es cierto que la tecnología ha demostrado su eficacia en determinadas circunstancias, como lo son los rescates de emergencias o la pandemia, se hace cada día más conveniente hacer una reflexión acerca de si hacemos un uso abusivo e indiscriminado de ella, así como los efectos que tiene y tendrá en nuestro cuerpo (sobrepeso, cervicales, traumatismos, pérdida de visión) y en nuestro cerebro a largo plazo, como son la pérdida de psicomotricidad o de funciones cognitivas, por poner algunos ejemplos.

Tampoco utilizamos las piernas ni hacemos el mismo ejercicio que antes. Hace años era la mano la que nos servía para escribir ayudada de algún útil. Entonces uno podía constatar la evolución de su grafía. La tecnología gracias a sus avances, ha conseguido anestesiar nueve de los diez dedos de los que disponemos, pero no por ello, tenemos que dejar de seguir agradeciéndole el grado de inutilidad al cual nos está lleva llevando (hablo de tecnología, no confundir con ciencia).

Más sencillo, cómodo y ético que quedar con alguien es despacharle a golpe de click o de pantallazo, evitando así desarrollar nuestras capacidades sociales y sensoriales. Tampoco es suficiente que nuestros ojos vean la escena de una película. Ahora la inteligencia artificial nos traduce la escena de forma verbal, como si fuésemos tontos y no supiésemos interpretar con nuestros sentidos, las distintas escenas que se desarrollan en el film. Y ahí entra el hecho de emplear el eufemismo de inteligencia artificial con objeto de someter a sus adeptos a la categoría de tontos naturales.

Ya lo ven, la IA ha adquirido una competencia más: la de ser la verdadera garante de nuestros sentidos. Así que ya lo saben: a partir de ahora no se fíen de lo que perciban sus sentidos en sus sesiones cinematográficas y acudan a la ayuda de la IA, antes de sacar sus propias conclusiones. “Un hombre se dispone a poner un punto y aparte” (sic).

Evidentemente la IA ha contribuido a que hayamos perdido emotividad, así como calidad y cantidad en nuestras relaciones humanas. A cambio de robarnos la intimidad y expresividad, la tecnología ha puesto a nuestra disposición emoticonos que lloran y se ríen por nosotros. Nos han desprovisto de herramientas personales pero como contrapartida han puesto a nuestra disposición aplicaciones para que sigamos evitándonos. Divide y vencerás.

Ya no es necesario llegar al trabajo para fichar. Uno ya suele hacerlo de forma inconsciente, nada más encender su oficina móvil desde su casa una o dos horas antes de llegar a su empresa. El usuario enciende su oficina y ésta apaga y desconecta la mente del usuario de su vida real. Los vecinos, están, si, pero no existen (click). Desde ese momento el usuario no solo trabaja gratis, sino que ofrece su tiempo, sus energías y su privacidad a empresas que a su vez le ofrecerán sus servicios. Sus datos y su seguridad empiezan a partir de ese momento a estar expuestos a posibles amenazas. Nada sale gratis.

Mientras la tecnología va hacia adelante, nosotros como especie (hasta hace años dotada de unos mínimos de educación y humanidad), lo hacemos hacia atrás. La velocidad de retroceso, por no decir de retraso, es inversamente proporcional a los avances que nos ofrece la tecnología.

Ahora gracias a la aparición del ChatGPT tampoco van a ser necesarias desarrollar facultades psicoanalíticas o de redacción. Ello nos impedirá descubrir y desarrollar nuevas facultades que hubieran podido convertirse para algunas personas en uno de los mayores placeres de sus vidas.

Tampoco se estila llevar un bolígrafo, como antes se hacía, para anotar asuntos personales, facilitar a alguien datos o hacer cuentas. Eso es cosa de carcas antiguos. Los modernos prefieren utilizar los datos de su smartphone, antes que las neuronas de sus respectivos cerebros. Ahora no son los mayores, sino los jóvenes los que necesitan hacer un mayor uso de éstas prótesis, lo cual define a grosso modo, el grado de degradación al cual hemos llegado.

Los selfies y los emoticonos, como hemos visto, restringen y anulan nuestra capacidad expresiva. Si a eso añadimos que no nos miramos a la cara con mucha menos frecuencia que antes, se puede uno hacer a la idea del grado de deshumanización y despersonalización a las cuales nos ha conducido el progreso de la tecnología.

Ese desprecio presencial al que suelen inducir las redes sociales nos ha arrebatado los tonos personales de nuestra voz, nuestros paseos, nuestra forma de andar y de reírnos. Nuestro perfume y nuestro olor personal, nuestra física y nuestra química. Nuestros abrazos, nuestros besos, nuestras caricias y la magia y luminosidad de una sonrisa cómplice.

La IA supone una amenaza hacia nuestras relaciones sociales y hacia nuestra intimidad personal. Su proselitismo es: o te adaptas a mis exigencias efímeras y cambiantes o te excluyo. Lo malo e inevitable es que para sobrevivir a la realidad que nos ha tocado vivir, hay que utilizar la tecnología, aunque sea a costa de tu "muerte personal".

La tecnología se ha convertido en la nueva religión del presente y me temo que del futuro. Con una diferencia, los adeptos tecnológicos, han de tener más fe en sí mismos que en Dios, para volver un día a reunirse consigo mismos y conocer el paraíso que un día dejaron.

El único día que podremos constatar si la tecnología ha contribuido verdaderamente a nuestro progreso, será el día del apagón. Ese día podremos saber con certeza cuántas cosas hemos desaprendido, cuántas podremos y cuántas sabremos hacer.

José Luis Meléndez. Madrid, 22 de febrero del 2024. Fuente de la imagen: wikimedia.commons.org

10 de febrero de 2024

El otro cementerio

El ser humano solo entierra a sus muertos, no a sus víctimas

Me he vuelto a equivocar. De nuevo me he convertido en la víctima de mi propia idealización. Hoy no es solo un día de muertos. Es también un día de entierro. Un día que no por menos duro que una muerte natural, se convierte en un día fácil. Porque dar muerte y entierro a un ser vivo, en su forma figurada, no es algo que, afortunadamente, ocurra de una forma frecuente.

Por este motivo, y con esta excusa, voy a permitirme la licencia de ahorrarme un falso duelo. Eso supondría volverme a engañar o permanecer en el autoengaño en el que he vivido durante décadas. Creyendo que significaba para el finado/a algo más de lo que yo pensaba o creía.

El verbo creer me ha jugado de nuevo una mala pasada. De nada sirve, como dicen, que la fe mueva montañas, cuando la verdad, por medio de la realidad, se apodera de ella. Entonces el montículo se convierte en lo que antes era: un desierto.

El entierro simbólico e imaginario ha tenido lugar hace escasas horas, en las inmediaciones de mi domicilio. En un hoyo del descampado ya descansa la imagen del difunto/a. En el reverso de dicha instantánea, han quedado escritas las emociones, impresiones y recuerdos fingidos que han dejado de formar parte de esta relación, desde ese mismo momento. Después de cubrir el agujero con una cara de circunstancias, se me han escapado unas gotas de agua de la botella, que han hecho las veces de lágrimas. Un ritual hecho a la medida y catadura del personaje.

Una escena en apariencia excéntrica si no fuera porque después de hacer números, he llegado a la siguiente conclusión: todos tenemos más muertos vivientes que difuntos reales. Sin embargo nadie habla de los cadáveres vivos que va dejando por el camino. Pero mucho menos del cementerio en el cual se encuentran. La razón es obvia: el ser humano solo entierra a sus muertos, no a sus víctimas.

Hoy es un día de celebración, porque, siendo exepcionalmente optimista, puedo afirmar que he tenido la inmensa suerte de darme cuenta antes de tiempo, hecho que me permitirá irme un poco menos engañado de lo que me temo, haremos todos.

La experiencia me ha hecho admirar aún más a todas esas personas vocacionales y solitarias que  un día se dieron cuenta que la soledad elegida es mucho menos efímera, interesada y tóxica que las dinámicas que existen en las relaciones de grupos. Porque hay yenas humanas que se alimentan de las vísceras de su misma manada. Tal vez ese reconocimiento y esa constatación, sea una de las razones por las cuales, cada día me importa menos morir solo. Si eso supone hacerlo en paz y sin ningún sospechoso al lado, me iría desde luego más limpio y tranquilo.

A lo largo de mi vida puedo decir que llevo alimentadas, varias manadas de yenas. Sus ataques nunca son solitarios. Para ello suelen tramar con alguna compañera su plan de ataque, después de marcar a su presa. Suelen elegir la noche o las oscuridades del día para emitir esos aullidos-ladridos, tan peculiares y característicos, que se parecen a los de una risotada macabra humana; gritos gracias a los cuales mantienen la cohesión de la manada. Esa es la forma que tienen de "llenar" su estómago, y la actividad a la cual se ven en la necesidad de recurrir, con objeto de dotar a su vida de su mayor sentido.

Nada pues de lamentos. Me considero un ser privilegiado. Gracias a la calidad de mis proteínas, tan demandadas como enriquecedoras, para estos tiernos y adorables animalitos, hoy puedo seguir escuchando los cuchicheos y chillidos que emiten, mientras devoran mi carne y rebañan, como buenas carroñeras que son, mis huesos.

Y eso, para un amante de los animales, constituye una obra de amor inconmensurable, gracias a la cual, consigo saciar su hambre de odio.

José Luis Meléndez. Madrid, 10 de febrero del 2024. Fuente de la imagen: wikimedia.commons.org