La prioridad nacional atenta de plano contra la emergencia nacional
El alma de los árboles va recorriendo el aire hasta llegar a nuestras casas. Esta vez no lo hace por medio de ese aroma que una vez inhalado inundaba por completo nuestros pulmones cada vez que íbamos a estar con ellos. El humo de su quema, nos ha anunciado estos días su despedida y me atrevo a decir que su agradecimiento.
Una vez más ha vuelto a ocurrir. Otro año. Otro verano. Otro monte. Otro pueblo. Otra casa. Otra familia. ¡Qué mala suerte!, tenemos los españoles. Ya somos líderes europeos con la mayor superficie quemada en lo que va de año con 119.458 ha, sin añadir las de los incendios actuales.
De nada han servido las personas, los animales ni los árboles muertos- que no suelen contarse entre las víctimas, cada vez que directa o indirectamente se cobra el hombre con cada incendio- de años anteriores por idénticas causas. Tampoco las trece vidas que recientemente han fallecido en Los Gallardos, en la provincia de Almería, al parecer por la chispa de una cosechadora, no por la imprudencia de su propietario (sic).
Una zona catalogada como “zona de peligro de incendios”, y, que según la legislación andaluza está obligada a tener aprobado, actualizado o revisado un Plan de Emergencia por incendio forestal (PLEIF) y que no contaba con él.
La lista de excusas a la ciudadanía por parte de los responsables, rozan el insulto cuando no la falta de respeto a la capacidad intelectual sobre todo de los afectados: “Es que este invierno ha llovido mucho”, “las rachas de aire”, “la chispa de una maquina o de un cable” o el cambio climático existente.
Si al cambio climático, que es cierto que cada vez cambia más, se le combate con la inacción, ¿Quién es el que tiene que cambiar su comportamiento, el fuego o el hombre? ¿Es necesario para que se produzca este cambio humano más cambio climático? ¿Al cambio se le combate con cambio o con más inacción?
Algunos políticos queman con sus declaraciones teóricas y sus críticas polarizadas a los ciudadanos, sin aportar una sola solución, prioridad esencial e indiscutible de un servidor público. Otros queman con sus inacciones nuestros bosques. Lo más grave no es que hagan poco e incluso nada. El problema es de los que trabajan, son poco productivos, y encima se ponen enfermos. Los que ponen enfermos a los demás por lo que se ve no necesitan ninguna baja.
La manipulación se torna en algo más chusca cuando se intenta identificar las bajas laborales con el absentismo. Los empresarios por lo que se ve, son un ejemplo a seguir. Nunca se ponen malos, tampoco van a la cafetería, a reuniones o congresos ni asuntos personales en horario de trabajo y su simple presencia física, aunque ausente en algunas ocasiones, no es preocupante y si muy normal y ejemplar para reclamar a sus empleados más presencia y productividad. Más productividad, aunque sea de peor calidad.
¿Cuántas reuniones improductivas tienen al cabo del año en una empresa?, ¿Cuántas decisiones equivocadas merman los esfuerzos de los trabajadores que las cumplen? ¿Cuántas horas extras sin remunerar acumulan y deben las empresas a sus trabajadores? ¿No fomenta el absentismo esta actitud hacia los trabajadores? ¿Por qué si existen muchas bajas no se indaga el por qué de las mismas? ¿Por qué la empresa no hace uso de la ley, despide a esos trabajadores y evita criminalizar al resto? ¿No es absentismo laboral y a la vez un delito, contratar a la mitad de una plantilla de bomberos?
Los bosques no “se queman” a si mismos. A los bosques o a España, como dirían algunos, la están quemando. Y “quemar” es un verbo más grave que “romper”. España se ha roto de mentira muchas veces, pero se ha quemado de verdad muchas más. Qué malo era y es el independentismo, y que buenas son las políticas medioambientales de algunas autonomías.
El cambio climático no existe, según dicen. ¿Y los montes, existen? Tal vez los árboles les impida también ver el bosque. No es de extrañar por tanto, que no existan personal, medios, ni personal para controlarlos? ¿Cuándo vamos a cuidar nuestros montes como cuidamos nuestras huertas?
Han vuelto a cubrir los montes de un negro de luto. Es triste que tenga que ocurrir una tragedia para que intenten o al menos disimulen recuperar el tono momentáneo sus señorías. Los árboles han conseguido algo que no ha conseguido la sociedad: callarles y ponerlos a nuestro servicio.
Es imposible que tomemos todos conciencia mientras sigamos hablando de hectáreas quemadas para minimizar la catástrofe, en lugar del número de víctimas reales como el número de árboles, de animales, de personas fallecidas, de gente que se ha quedado sin sus negocios ni sus casas.
Pero, ¿no eran los cazadores los que cuidaban de los montes? Tal vez haya que contratar más cazadores que bomberos, aunque sea para suplir la falta de éstos.
Hay algo que estos días ha quedado meridianamente claro. Y es que eso que algunos denominan la prioridad nacional, atenta de plano contra la emergencia nacional que atraviesa España, como es la de impedir que personas que vienen de fuera tomen arraigo en una España cada vez más despoblada.
Hacen falta más personas en los pueblos que contribuyan a su relevo generacional y a su sostenimiento. ¿No es absentismo nacional impedir que personas que vienen a integrarse en un territorio? ¿No es una omisión patriótica el dejar a los pueblos de España y a sus gentes a su suerte? ¿Hay más bajas en las empresas que en la España despoblada? ¿Más absentismo tal vez?
Se hace necesario y urgente fomentar actividades agrícolas acordes a la riqueza de cada localidad. En las zonas de alto riesgo es imprescindible el fomento del pastoreo, que contribuye gracias a sus ovejas bomberas limpiar de matorrales el sotobosque.
Es comprensible la indignación de algunos vecinos que han perdido, sus casas, sus animales o sus negocios. Todos hemos visto estos días las imágenes de algunos de ellos, en chanclas con sus torsos descubiertos, intentando apagar las llamas con sus camisetas antes de que el fuego llegase a sus casas.
Jugándose la vida por culpa del absentismo y de la falta de productividad de algunos que la reclaman, pero no la practican.
José Luis Meléndez. Madrid, 25 de julio del 2026. Fuente de la imagen: agencia EFE.
