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2 de noviembre de 2015

Nombres públicos

¡Qué aburrido es el callejero de esta ciudad!, deben pensar los extranjeros que nos visitan

Doce ocho. No estoy en clase de matemáticas, ni de lengua, pero la enfermera de familia, después de comprobar que no nos unen lazos de sangre, ha aprovechado su turno de palabra, y me ha dirigido una frase escueta, con un triple efecto: “tiene usted que andar más. Y andar, no es lo mismo que pasear…”. ¡Qué maja!. Por un lado me exhorta, por otro me imparte una clase de semántica, y además cuestiona mi actitud pasiva de estos meses. Todo con un par de frases, y el mismo arte que el anuncio de la compresa: ni se ha movido, ni se le ha notado, ni ha traspasado la línea roja de su reconocida profesionalidad.

Catorce nueve. A mi alma, no le ha gustado nada esta frasecita, y nada más salir del consultorio, ha aprovechado la ocasión para dirigirse a mí en los siguientes términos: “Cariño, ¿a quién quieres más, a tu cuerpo o a mí? Sabes que no me caracterizo precisamente por ser una mujercita tonta cuentos, ¿verdad? Confío en que no te dejes llevar por los cuentos de esa Blanca Nieves. Si lo haces, puedo volver a convertirme en tu primita de riesgo, y subirte la calificación de tu tensión arterial, hasta convertirte en un enanito irreconocible”.

Andar, es tan solo ir de un sitio a otro. Desconectar la cabeza. Ceder el testigo al cuerpo. Dejar que incluso este vaya más rápido que la mente, y que se abandone a su suerte. Es mover los pies mientras vas al súper, y recuerdas la lista de la compra. Un compromiso y una costumbre adquirida. Pasear por el contrario, es sincronizar el cuerpo con tu yo interior, ordenar las ideas. Entonces la mente se abre, escucha y le habla al cuerpo: “¿has visto esa flor?”. Es un acto más libre y voluntario que andar. Algo así como un baile agarrado entre el alma y el cuerpo.

Todo el mundo dice que es bueno andar, pero nadie te recomienda pasear. Quizás todavía ignoran lo que es. Mover los pies es muy sencillo, pero hacer mover las neuronas a algunos, puede provocarles náuseas y hasta mareos nada más pensarlo. Es posible que al andar se quemen más calorías físicas, pero como contrapartida no se queman calorías mentales ni emocionales. Así que para compensar este desequilibrio, he decidido pasear el doble de lo que podría andar. De esta forma reivindico con mi ejemplo, el derecho a ejercer y practicar un deporte más humano, el cual te permite la multitarea.

Del mismo modo puedes parar y charlar con algún vecino del barrio, bien sea una persona, un perro, o una flor. Qué más da. De no haber paseado por las calles de esta ciudad, no hubiera caído en la cuenta de los favores y prebendas concedidas (por el partido que durante un cuarto de siglo ha regido el Consistorio madrileño), a Instituciones que no se han caracterizado precisamente por estar al lado, sino más bien por encima de los ciudadanos en los momentos críticos, a lo largo de la Historia.

He aquí unos ejemplos pertenecientes solo al distrito de Hortaleza y sus inmediaciones: En el año 1992 el entonces Alcalde de Madrid, José María Álvarez del Manzano, otorgó al parque anexo al Campo de las Naciones, el nombre de “Parque Juan Carlos I”. En el año 2007, bajo mandato de Alberto Ruiz Gallardón, se inauguró el “Parque Juan Pablo II”. Un año después, en el 2008, la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre inauguró el 29 de Febrero, el Hospital Público “Infanta Doña Leonor”. Y recientemente, en junio del año pasado, la ex alcaldesa Ana Botella, en contra de la voluntad de todos los vecinos de Hortaleza, procedió a cambiar el nombre del parque de Valdebebas, por el de “Felipe VI”.

A fecha de hoy, muchos de los 175.000 vecinos del distrito nos seguimos preguntando cual es el criterio que se ha llevado a cabo para la asignación de estos nombres a dichas zonas. Si guardan alguna relación con la ciudad, han hecho algo por ella, y si no existen otros nombres más idóneos y acordes con las zonas que representan. Tal es el caso del naturalista Félix Rodríguez de la Fuente. Un hombre que entregó su vida por su amor a la naturaleza, y que actualmente cuenta con un mísero parque de una hectárea y media de superficie, a diferencia de las dos mil cuatrocientas que posee el Parque de Valdebebas.

Este fin de semana (que mala suerte), está lloviendo, y no he podido salir a pasear. Pero me he tomado tan en serio los consejos de la enfermera, que tan solo un par de semanas después, he sido capaz de recorrer todas las calles de Madrid, en un cuarto de hora. Palabra de honor. Para ello, he cogido el callejero de Madrid, y he estado paseando mi tercer ojo mental por los nombres de todas sus calles, avenidas, plazas, y demás tipos de vías públicas. Por ejemplo, ¿saben que aún existen calles como la Avenida del Comandante Franco, Caídos de la División Azul, Plaza del caudillo, o del General Millán Astray?("cada vez que oigo hablar de cultura, me dan ganas de sacar la pistola"). Otras por el contrario, como es el caso de la calle de Doña Guiomar, se encuentran en un lamentable estado de oxidación, señalización y deterioro.

Medio centenar de vías públicas, llevan el nombre de Generales. Noventa y siete están dedicadas a la nobleza (cuarenta a condes y condesas, y cincuenta y siete a marqueses y marquesas).Pero si hay un dato increíble más que sorprendente, es que solo en la capital de España, Estado aconfesional, existen más de medio millar de vías públicas, con nombres religiosos, y al menos una cuarentena aluden a nombres de vírgenes con el prefijo “Nuestra Señora”. Setenta y cinco a nombres de vírgenes. Un centenar a santas, y nada más y nada menos que trescientas veinticinco a santos. Total quinientas cuarenta vías públicas con nombres religiosos.

También hay otras dedicadas a alguna figura del toreo, como la Plaza de Manolete, pero ninguna hace referencia a algún jugador de fútbol, deporte nacional por antonomasia. Existe la calle del toro, pero no la del perro ni la del gato, animales con los que tanta relación nos une desde los anales de la Historia. Ni calles que recuerden a sus ciudadanos los valores fundamentales. No existe la Avenida de los Derechos Humanos, de la igualdad, de la tolerancia, del sol, ni del amor.

¡Qué aburrido es el callejero de esta ciudad!, deben pensar los extranjeros que nos visitan. Ni siquiera existe una calle con algún toque de humor. Por no existir, no existe ni la calle del Pueblo, ni la de los ciudadanos. Será, quién sabe, que no nos las merecemos.

José Luis Meléndez. Madrid, 1 de Noviembre del 2015

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