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23 de marzo de 2015

El bosque urbano

Los reinos animal y vegetal, nos decían, son propios de los seres inferiores

Ya es primavera, y dentro de poco el mundo vegetal recobrará su tradicional protagonismo y engalanará con sus colores y su frondosidad nuestras calles. Pronto podremos asomarnos a los balcones y terrazas, respirar el aroma floral, y agradecer con insecticidas la visita de algún que otro insecto. "¡Uy, qué asco!, ¡mátale!, ¡mátale!", se oye decirle un bicho a otro, perteneciente a la plaga más destructiva de la tierra. Nos han enseñado desde pequeños a eso, a matar a otras especies, y muchos de nosotros todavía no hemos experimentado ni sentido la sensación gratificante de liberar siquiera a un inofensivo insecto, y reconciliarnos por un momento con el universo. Vamos tan absortos y ausentes por la ciudad y la vida, que solo nos damos cuenta de la entrada de la nueva estación, por los telediarios, y no gracias a los cantos de los pájaros, ni de los primeros brotes en los árboles.

El árbol, ha estado esperando todo el año nuestra visita, pero bien sabe cuál es el interés que nos acerca a él. ¡Qué poco comprometidos estamos con la naturaleza!, deben pensar o más bien sentir. Sí, ya sé que es un verbo inusual en estos tiempos, y que solo reservamos al prójimo humano, y sobre todo a nosotros mismos. ¿Cuántos de nosotros creemos haber amado, por haber sentido el amor de pareja en su vida? No me imagino un concepto tan ilimitado y profundo, reducido a un solo ser. El mundo de la pareja, se nos presenta como ese universo emocional caduco, primario y egoísta, en donde se anteponen los intereses personales, y se intercambian los deseos e instintos más básicos.

Los reinos animal y vegetal, nos decían son propios de los seres inferiores. Pero a estos sabios e ilustres se les olvidó, que casualidad, decirnos en qué términos basaban dicha superioridad. ¿En moralidad, quizás?, ¿en respeto a la naturaleza?, ¿en fidelidad?, ¿en amor incondicional?, ¿en tolerancia de aceptar al otro cómo es?, ¿en la manera de matar sin motivo alguno? ¡Ay!, qué enriquecedor y terapéutico es a veces desandar el camino que nos marcaron, y abandonar las sendas demasiado pisadas. ¿Volverán aquellos tiempos en los que una ardilla, podía atravesar la Península ibérica de un extremo a otro, saltando de un árbol a otro? ¿Por qué tenemos a estas alturas, tan poco interiorizado el reino vegetal?

El otoño y el invierno, estaciones propicias para la poda, han quedado atrás. Me imagino imaginarme las sensaciones captadas por un árbol, al presentir las vibraciones en su tronco de una motosierra. El sonido del torno bajo anestesia, en la consulta del dentista, no deben ser más que ñoñerías disfrazadas de cosquillas y repeluses. Ya en el bosque urbano, las primeras imágenes que me vienen a la mente son las de aquella mañana de un sábado lluvioso. Ese día empecé a oír un lento crujido sin saber al principio de que dirección venía. Al darme la vuelta, pude terminar de contemplar la escena. Un pino de unos sesenta años, caía lentamente al suelo. La última expiración, y el último y quizás único movimiento de su tronco. El árbol aún con vida en el suelo, y yo con la impotencia y la rabia de no poder levantarle y volver a plantarle. La humedad del suelo y su desequilibrada copa fueron sin duda la causa de su lenta muerte. Ya van más de cinco en el parque entre talas y caídas. Se ruega una emoción por sus almas…

Ahora me encuentro a escasos metros de los pinos, cobijado bajo sus frondosas copas, sobre el acolchado césped. Aprovecho el paseo con mi mascota para extender de forma imaginaria e inmóvil mis brazos como ramas, en un intento de sincronizar el mundo orgánico, con el vegetal. Intento descifrar sus emociones. Las tremendas cicatrices de mi corteza, y la inclinación de mi tronco, pasan desapercibidos a los ojos de los viandantes, que pasan a mi lado, con la superioridad e indiferencia propia de su especie. Muchos de los transeúntes ignoran que suavizamos las temperaturas, damos cobijo a los pájaros, hacemos de pantalla acústica y visual, aumentamos los niveles de oxígeno, absorbemos más de un veinte por ciento de las emisiones de anhídrido carbónico o CO2, que generan sus actividades, y capturamos el polvo y las partículas contaminantes de nuestras hojas. ¿Qué recibimos nosotros a cambio?

Ni siquiera los resultados de los trabajos realizados por Frances Kuo, y Peter Harnik, han producido un acercamiento más igualitario entre nuestras especies. Y no será porque no lo intentamos, como hemos visto anteriormente. Kuo y Harnik, constataron por medio de sus estudios, la influencia que ejerce el medio sobre la especie humana. De esta forma llegaron a concluir que las personas que viven cerca de zonas verdes, superan mejor el estrés, y son menos agresivas y violentas. Asimismo comprobaron que pacientes con enfermedades con el déficit de atención por hiperactividad o TDH, la ansiedad, y la tensión arterial mejoraban en entornos naturales, y presentaban índices de mortalidad más bajos.

Los árboles ofrecemos de manera gratuita nuestros frutos, y alegramos las calles. Aunque el ruido de vuestros motores os impida escuchar y siquiera oír, el auditorio natural de música pía, que tiene lugar cada día en el escenario de nuestras ramas. Es triste y a la vez doloroso, después de tantos años anclado a esta tierra, tener que decirlo, pero voy a aprovechar la oportunidad de este exorcismo humano, para que vuestra especie sea consciente de algo que los pájaros, las orugas, los insectos, la tierra, el fuego, el agua y el viento hace tiempo que saben: somos seres vivos, y como tales presentimos como vosotros. Presentimos nuestros cadáveres en vuestros parques. Ese mobiliario urbano y de madera, al que de forma eufemística os referís con el término de bancos, y que de manera cruel colocáis a nuestro lado, como previo aviso del destino que nos espera. La escasez de los nidos en nuestras ramas, y las decapitaciones y amputaciones a las que de manera cobarde llamáis talas.

No, los árboles no nos caemos, nos empujáis con vuestras podas agresivas. En lugar de realizar una poda de mantenimiento o de aclareo de ramas, cada tres años, consistente en quitar las ramas viejas, conservando de esta forma la estructura vigorosa del árbol, nos aplicáis podas como el desmoche, cortando nuestro tronco principal, o las de terciado quitando la tercera parte o dos tercios de las ramas. Sabéis que este tipo de podas están reservadas para casos extremos como ramas secas grandes o hermanos enfermos. Ni nos caemos, ni nos morimos. Simplemente nos aplicáis una pena de muerte pasiva, o demasiado activa y tortuosa, como consecuencia de una implacable tala. Nos morimos por la inmensa tristeza de haberos dado tanto, y no sentirnos mínimamente tratados y comprendidos, a pesar de vuestro cobarde secuestro de nuestra tierra madre.

Los recortes de personal, y la mala situación y elección de nuestra especie en lugares no apropiados nos han conducido al trato degradante y doloroso. La pasividad de vuestra administración, su falta de control y supervisión de podas, unidos al intrusismo de la profesión, provoca que algunas talas se produzcan en primavera, este año con razón de más, al tratarse de un año electoral. Una época del año en la que la creciente circulación de nuestra savia se ve imposibilitada de cicatrizar con normalidad vuestras heridas, por su función primordial del crecimiento, produciéndose de esta forma nuestra infección, e incluso desangrado por la atracción a la misma de los insectos y de otros agentes patógenos. ¿Será necesario de nuevo que la baronesa Thyssen, haciendo honor a su nobleza interior, vuelva a encadenarse a nuestros hermanos centenarios del Paseo del Prado de Madrid, con objeto de impedir que el Consistorio Madrileño descuartice nuestros troncos?

Vuestra Administración debería de estar más implicada a través de campañas de sensibilización medioambiental, y a la hora de plantar especies debiera considerar aspectos como nuestro tamaño, clima, frondosidad, agresividad de nuestras raíces, resistencia a las plagas y enfermedades, y velocidad de crecimiento. El año pasado se saldó con dos personas muertas y una veintena de árboles caídos en Madrid. Aún nos seguimos preguntando qué autoridad moral tienen vuestras autoridades municipales de izar y portar el símbolo de un hermano nuestro como es el Madroño, en vuestro escudo de Madrid.

No os confundáis, ni permitáis que os confundan. Ya lo habéis oído. A partir de ahora, cuando paséis por nuestro lado, y seáis conscientes, podréis certificar nuestro estado. Es necesaria la colaboración conjunta de arquitectos, urbanistas, técnicos en jardinería, y la supervisión y responsabilidad de la Administración en estos proyectos a través de duras sanciones y/o expedición de licencias. Solo de esta forma podrán evitarse daños y talas dolorosas e innecesarias en un futuro. Os esperamos. Hasta pronto.

José Luis Meléndez. Madrid, 22 de Marzo del 2015

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