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17 de agosto de 2014

El desliz

El caudal de pasión, como un río húmedo e incontenido, había arrastrado como olas a los náufragos, hacia el mar de las caricias, y de los besos profundos

Las feromonas flotaban en el aire, como estrellitas intermitentes, que una vez inhaladas, te transportaban por instantes a ese universo feliz e intemporal. Daniel tenía el sex-appeal ideal para las mujeres. Físicamente rondaba el metro ochenta. Su complexión era normal. El pelo negro, con raya al lado, y su cara aseada, despierta y cordial, le confería una imagen de hombre de buenas costumbres. A sus treinta y cinco años, su look diario era el clásico: pantalones de vestir, camisa y zapatos negros.

Vanesa, era una chica de belleza facial pero fría, que pasaba desapercibida, hasta que ya en la cercanía, te miraba y sonreía. Entonces te desarmaba. No se le conocía relación de pareja como a Daniel, casado desde hace unos años con Nerea. La atracción era mutua. Aquella tarde en la oficina, Vanesa bajó a hacer su visita diaria a Daniel. El cierre de contabilidad, era la excusa perfecta para quedarse unas horas más. No le hacía falta pintarse. El brillo en sus ojos, y su sonrisa permanente, era el reclamo más intenso, perfecto, e intimidatorio.

Era media tarde. La puerta de la oficina estaba cerrada con llave. Los empleados, recién acabada su jornada laboral, ya se habían ausentado. La conversación verbal entre ambos, no tardó en pasar a un segundo plano. La fuerza irresistible del deseo, estaba lo suficientemente erotizada. Las palabras se quedaron pequeñas, y el sentido del tacto requería su protagonismo.

Después de meses de cortejo, el flirteo parecía llegar a su etapa final. Llevada por el éxtasis del momento, Vanesa se acercó a Daniel, y después de dirigirle una frase provocadora, huyó con la intención y el deseo de ser perseguida. Entre las onomatopeyas de sus carcajadas, y con la cara enrojecida, como consecuencia de las pulsaciones de su frecuencia cardiaca, abandonó la sala. Mientras, subía las escaleras que conducían a la primera planta. Al cabo del rato, Daniel desapareció de mi lado.

Pasada la media hora, empecé a extrañar su presencia, pero los acontecimientos precedentes, me hicieron suponer, que aquel encuentro íntimo y fogoso, había tenido lugar. El caudal de pasión, como un río húmedo e incontenido, había arrastrado como olas a los náufragos, hacia el mar de las caricias, y de los besos profundos.

PD: Historia basada en hechos reales. Los nombres de los protagonistas, han sido cambiados, para salvaguardar la intimidad de las personas.

José Luis Meléndez. Madrid, 16 de Agosto del 2014.
Fuente de la imagen: Flickr.com

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