La eternidad es un castigo, tanto en el cielo, como en el infierno
Tradicionalmente y desde tiempos inmemoriales se viene cometiendo el error de asociar el concepto de eternidad con el bien, la paz o el amor, por citar algunos términos. Obvian de esta forma las personas que así se expresan, que el Infierno cristiano forma también parte de esa hipotética eternidad.
Pero, ¿acaso la eternidad del cielo no es también un castigo? Por medio de ella se le obliga al hombre a seguir viviendo sin su consentimiento, en contra de su hipotética decisión.
Hace unos días, leía una entrevista a mi admirado Pedro Ruíz. En ella manifestaba su deseo de no volver a nacer. Yo, con su permiso, si me lo permiten, voy aún más lejos si declaro, aprovechando la oportunidad que me gustaría no ser en la nada. Observen que no empleo el verbo morir, sino el dejar de ser o existir al menos temporalmente.
¿Por qué no se brinda esta oportunidad a todos los seres, bien sean buenos o malos, que transitan hacia otro estado de existencia? ¿Por qué existe el derecho a la vida y no a la muere digna? ¿Por qué algunas confesiones que manifiestan que existe una vida posterior a esta, niegan el derecho a “morir” dignamente a una persona, sabiendo de antemano que no va a dejar de vivir? ¿No es una contradicción por no decir una hipocresía doctrinal? Estoy seguro que algunos se hubieran salvado de unos cuantos días o años de vida en el Infierno, lo cual constituiría una obra de caridad.
Algunos grandes pensadores han argumentado que la verdadera eternidad no es una cantidad inmensa de tiempo, sino la ausencia total de este; un presente eterno y estático. La filosofía define la eternidad no solo como un tiempo infinito, sino como una dimensión fuera del tiempo: lo atemporal y trascendente. Una eternidad intemporal formada por una existencia fuera del tiempo, estática, inmutable y siempre presente y una sempiternidad, una duración temporal que no tiene principio ni fin (el tiempo se extiende infinitamente hacia adelante).
Platón, maestro de Aristóteles e idealista al contrario que este, más realista, definía el tiempo como una copia creada por el Demiurgo, cuyo propósito es imitar la eternidad a través del movimiento de los astros. Para Aristóteles su visión de lo terno se enfoca en el mundo natural, sosteniendo que el cosmos es eterno que nunca ha sido creado ni dejará de existir.
Si acudimos a las distintas confesiones observamos como la idea de que el Infierno es eterno varía y depende del enfoque teológico. Religiones como el cristianismo tradicional lo describen como un castigo sin fin. Tras el fallecimiento, el alma continúa viviendo y se enfrenta a un juicio particular. Los creyentes esperan un reencuentro final donde el alma y el cuerpo serán resucitados para la eternidad (bien en el cielo o en el Infierno).
En el budismo el Nirvana es, por definición, un estado permanente e inmutable que está más allá del tiempo. Representa la liberación definitiva del ciclo de reencarnaciones (Samsara) y el cese absoluto del sufrimiento. Por lo tanto, al no estar sujeto al tiempo, no puede ser temporal ni efímero.
El judaísmo cree en la inmortalidad del alma y el Olam Habá o mundo venidero. Se trata de una existencia espiritual posterior a la vida terrenal. Los justos de todas las naciones tienen una porción asegurada en este mundo. A diferencia del concepto de un Infierno eterno, en el judaísmo existe el Gehinnom, un estado temporal (máximo de doce meses) de purificación espiritual donde el alma corrige sus faltas. En algunas corrientes como el misticismo judío (Cábala), se contempla la posibilidad de que el alma regrese en múltiples vidas para rectificar y completar su propósito.
El Islam, contempla la muerte como una transición hacia la vida eterna –Paraíso o Infierno-, según las acciones y la fe de cada persona. Antes el alma pasa por un estado intermedio denominado Barzaj, que no es más que un estado de espera entre la muerte física y el Día del Juicio. En este periodo las almas descansan o experimentan un anticipo de su recompensa/castigo dependiendo de su vida terrenal y fe.
Todos los seres humanos resucitarán física y espiritualmente para comparecer ante Alá. El Día del juicio o Yawm al-Qiyamah, cada acción, buena o mala, se pesa en una balanza divina. El propósito central es la justicia absoluta.
Es poderosamente llamativo como en todas las ECM – experiencias clínicas de muerte-, los protagonistas afirman que después de haber atravesado un túnel, se han encontrado con seres queridos fallecidos y con un ser de luz emanaba un amor especial. Nadie que se conozca se ha encontrado con ningún ser maléfico.
Más que un “eterno descanso”, la eternidad se le antoja a uno como un ejercicio y una vivencia extremadamente cansada, en donde al parecer siempre se está despierto. No hay más que pensar en el derroche que supone recibir y dar amor de forma permanente. Un lugar aburrido y tranquilo en donde todos permanecen en el mismo estado emocional y piensan y sienten lo mismo.
Saber además que el tiempo es limitado nos motiva a amar, crear y experimentar. Si tuviéramos un tiempo infinito para hacer cualquier cosa, la urgencia y el significado de nuestras elecciones podrían diluirse y postergarse.
La eternidad sigue siendo un misterio inalcanzable para nuestra mente racional. Sin embargo, reflexionar sobre ella nos enseña a apreciar la belleza del “ahora”, recordándonos que el valor de nuestra existencia no radica en cuanto tiempo vivimos, sino en la profundidad y el sentido que le damos a nuestra trayectoria.
La eternidad, desde nuestra mente terrenal y temporal, no deja de ser un castigo, tanto en el cielo como en el Infierno.
José Luis Meléndez. Madrid, 21 de mayo del 2026.Fuente de la imagen:ComDotCom.es

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