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27 de marzo de 2026

La espiritualidad como rearme moral

En la religión, Dios y el prójimo son los protagonistas, en la espiritualidad lo es más uno mismo

No es casual que, en tiempos adversos y especialmente convulsos, el hombre busque en la religión y/o la espiritualidad un refugio para encontrarse respectivamente con Dios o con uno mismo. La pregunta es: ¿puede uno buscar y encontrar a Dios, sin haberlo hecho antes consigo mismo?

La espiritualidad es, o al menos debería ser la antesala a la religión. En la religión, Dios y el prójimo son los protagonistas, en la espiritualidad lo es más uno mismo. Y es desde este espacio íntimo y personal, desde esta dimensión interior que no pertenece a ningún credo, desde donde uno puede silenciar el ruido mediático y diario para escucharse a sí mismo. Un silencio interior que nos permite adquirir la paz necesaria y suficiente para desde él, valorar lo realmente importante, dejando a un lado lo urgente.

El yoga o el Taichí, por ejemplo, son disciplinas milenarias originarias de la India, que puede practicar cualquier individuo sin necesidad de pertenecer a ninguna religión, que fomentan la unión de cuerpo, mente y espíritu, a través de la práctica de posturas corporales (asanas), respiración consciente (pranayana) y meditación.

Es pues normal, que en una sociedad que le enseña a uno a relacionarse con Dios y con los demás, antes que, con uno mismo, la espiritualidad, o lo que es lo mismo, la búsqueda humana de sentido existencial, propósito y conexión con uno mismo, se relacione con el hecho religioso. Se entiende también que, en una infancia en la se enseñaba  antes a creer que a pensar, en la que se ofrecían clases de religión y no de espiritualidad, de cristianismo y no de la Historia de las religiones, se sigan empleando y confundiendo términos relacionados entre sí, pero distantes desde el punto de vista etimológico. Me refiero a los conceptos “alma” y “espíritu”.

Aclaremos por tanto, antes de seguir esta confusión. El alma (o psique),  engloba la personalidad o el “yo” individual, compuesto a su vez por las emociones, la mente y la voluntad de cada individuo. El espíritu, sin embargo, es la parte más profunda e inmaterial que permite la conexión con Dios o con uno mismo. El alma nos hace seres sintientes, el espíritu nos hace seres espirituales. La espiritualidad podría definirse como un florecimiento o despertar del alma.

Lo espiritual guarda una cierta equidistancia con la filosofía (razón) y lo religioso (fe). A la primera equidistancia podríamos definirla como una espiritualidad filosófica o humana, mientras que a la segunda podríamos presentarla como una espiritualidad religiosa que trasciende lo personal y se eleva a lo divino.

Es por tanto más coherente hablar de espiritualidades más que de espiritualidad. Espiritualidades que no son incompatibles y pueden compaginarse o alternarse bajo un concepto que podría denominarse, espiritualidad mixta. No nos debería extrañar por tanto, aunque a primera vista parezca una paradoja, escuchar a un ateo o un agnóstico hablar de espiritualidad. Recuerdo que en una columna dedicada en este blog a José Antonio Alonso Suárez, ex Ministro de Interior, miembro del Consejo General de Poder Judicial, y diputado por León en el Congreso de los Diputados, texto que lleva por título “Al fondo a la izquierda”, en el cual llegaba a la teoría que un agnóstico que no niega ni afirma la existencia de Dios, pasa a lo largo de su vida por sus fases de creyente y de ateo.

Llevamos no tiempos, sino años complicados como consecuencia de la sucesión y coincidencia de varias crisis tales como conflictos armados, emergencia climática, inseguridad alimentaria o inestabilidad económica, por citar algunas de ellas. "En un mundo cada vez más violento, que se autodestruye a sí mismo, en donde los influencers influyen más que los intelectuales", según palabras de Manuel Castells, sociólogo español y exministro de Universidades, ante la falta de respuestas y soluciones políticas a los problemas de los ciudadanos, propone la religión y la espiritualidad como contrapeso a un mundo que se autodestruye. Lo que viene a ser una llamada a que el hombre recupere la fe en sí mismo. Algo así como la espiritualidad como rearme moral.

La espiritualidad ayuda al individuo a buscar un sentido a su existencia. Le permite escucharse, reconocer sus propias emociones. Fortalece su autoconfianza. Le aporta claridad gracias a su serenidad. Es un espacio de autoconocimiento y crecimiento personal. Josep Lagares en su obra Time-Out: creativación o extinción, es nuestra elección…, afirma que “La espiritualidad alimenta la creatividad y la creatividad convierte esa energía interior en movimiento”. Propone además unir imaginación y voluntad para construir el futuro. Pero el progreso externo, añade, solo tiene sentido si va acompañado de un crecimiento interno. Por ello aconseja avanzar sin perder nuestra identidad en el camino, adaptarnos sin diluirnos.

“Somos seres espirituales viviendo una experiencia terrenal”, afirma. De cada uno depende alcanzar este equilibrio entre lo espiritual y mundano. Sin que esta experiencia terrenal nos distraiga y disuada de tomar contacto con ese espacio íntimo, personal y profundo que anida en nuestro ser.

José Luis Meléndez. Madrid, 25 de marzo del 2026. Fuente de la imagen: Pixabay.com

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