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4 de enero de 2016

El reloj

Querida Amanda:

Confieso que he sentido más que nadie tu larga ausencia. Pero antes de tomarte, he preferido dejar pasar el tiempo, para no contagiarte la tristeza de mi mano. Aunque si te soy sincero, como en su día prometimos, te diré que me han faltado las fuerzas para hacerlo. No, tranquila. No es que haya dejado de amarte, es que como quizás intuyas, durante este paseo entre líneas, por el temblor de mis dedos, la vida me ha vuelto a empujar al pozo profundo de las lágrimas. Hacía tiempo que no sentía el escozor de su sal en las heridas reabiertas y sangrantes del corazón. Las punzadas y las arritmias de la más absoluta desolación.

Quién tuviera estos días, mi vida, la suerte o el poder de reencarnarse en una roca, para dejar de sentirse agredido. Pero quién sabe si un día el futuro nos sorprende, y nos enteramos (como siempre tarde), que toda la materia que nos rodea, compuesta por átomos y electrones en movimiento, resulta tener más vida que nosotros mismos, o de la que yo ahora mismo tengo. ¿Te imaginas que sorpresa? Las casas, los coches, la ropa, y todos nuestros objetos inertes, pero vivos. Me pregunto si sabríamos resarcir a esas hipotéticas criaturas de tanto maltrato y abandono a lo largo de la Historia. No hay por tanto escapatoria, pero comprenderás ahora al menos, porqué además de tu alma en vuelo, también venero tu cuerpo ligero, femenino y estilizado de mujer.

Tu y yo sabemos, que no soy un ser perfecto. Y es posible que también seas consciente de como a nuestro alrededor pululan decenas de dioses y diosecillos que gracias a su inconmensurable y malvada sabiduría, ignoran que quizás un día, de igual forma fueron expulsados del paraíso, o quién sabe si de otra vida o lugar menos digno. Y has sido testigo de cómo se ocupan y preocupan durante toda su existencia de atribuir a los demás un carácter poco menos que especial. Difícil para ellos, cuando ven que no consiguen con sus interesadas aproximaciones, aquello que se proponen.

Ignoran como llegar a uno, y en su rabia e impotencia pueril, magnifican los males ajenos y las formas externas de su presa, porque no saben ni pueden llegar al interior de la persona, que es en definitiva donde reside la verdadera esencia del ser, que es uno. ¡Qué tristeza y que pena más grande, Amanda!, da el ver a estas personas lanzando desde sus siniestros petroleros de carga, todo su chapapote, al mar emocional que nos une a todos como seres vivos. No les importa mancharnos, ni paralizarnos con la toxicidad de sus comentarios, ni el de sus actos.

Y mientras nosotros intentamos quitarnos nuestra alquitranada mancha mortal, ellos, desde lo alto de su nave, disfrutan de nuestra agonía, a la vez que planifican con su despiadada frialdad su siguiente proeza, mientras nos preguntan si nos pasa algo o estamos enfermos. Nosotros enfermos...Tú sin embargo, tratas a todos por igual, como una auténtica diosa, como una de esas tantas madres que proporcionan las mismas oportunidades y el mismo afecto a los suyos, sin dejarse chantajear emocionalmente por ninguna de sus criaturas. Independientemente de su carácter, de su especie, de su aspecto o de su sexo.

Me pregunto qué sería de mí, sin la impagable ayuda de tu alma femenina, y la de nuestra siempre niña. Sabes que me ruboriza pensar en esta fragilidad de niño, que sin embargo a ti tanto te gusta. Pensar que seguiré siendo ese reloj antiguo y destartalado que a duras penas, y casi sin fuerzas, intenta con su tic-tac marcar sus últimas señales de vida. Un reloj que aún procura, en la medida de sus posibilidades, mover sus brazos casi inmóviles, en espera del abrazo de un amigo. De la mano de una mujer. Un reloj que permanece encerrado en el cristal de su esfera. Que contempla y espera. Que cuenta los segundos invisibles de su última, o de su próxima hora.

Un beso:

Tu eterno amante.

José Luis Meléndez. Madrid, 3 de enero del 2016.
Fuente de la imagen: Flickr.com

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