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19 de octubre de 2015

Los consejos de mamá

Los hijos eran difíciles, y los padres nunca fracasaban

Mis amigas dicen que soy una mujer atípica. El día que les dije que estaba embarazada de Borja, se extrañaron cuando les confesé la predilección por el sexo masculino de mí futuro hijo. Tampoco entendieron que no hablara como ellas a diario con mi madre, que en paz descanse. Ni que no quedase con ninguna amiga, desde que hace un año lo dejara con Luis, mi actual ex marido, con el cual conservo una buena relación, gracias a Borja.

Nunca han sabido estar solas como mujeres que son, y siempre han necesitado relaciones de dependencia financiero económico afectivas, con algún Cyrano de Bergerac (érase una mujer a un hombre pegada). Tiene narices la cosa. Es normal. Ni siquiera les he contado que salgo con Jorge desde hace unos meses. Ni que los hombres han sido, y son en la actualidad, mis aliados más fieles, discretos y honrados. Para ellas paso por una buena chica. Tímida, reservada, y un poco resentida con los maromos (término por el cual se refieren al sexo opuesto, y no al complementario).

Aún conservan como vírgenes, los estereotipos que sus madres les contaron sobre los hombres. Siempre me han tenido por una excelente escucha, a la cual poder confiar cualquier tipo de aflicciones y de cuitas maritales. Es lo que tiene haber sido la única hermana, y segunda hija de tres hermanos. Y haber tenido un padre cercano, cariñoso y comprensivo con cada uno de sus hijos. Si papá fue la igualdad, mamá por el contrario encarnó a la perfección la exclusividad. Nunca me sentí cómoda, siendo la niña de sus ojos. Desde pequeña me di cuenta, de la excesiva atención de muchas madres con sus respectivas hijas. Desde la más tierna infancia, las estimulaban a una edad más temprana que a los niños, por medio de una atención más personalizada, a través de un mayor contacto físico, no verbal, y con una mayor carga emocional en sus diálogos.

Más tarde, en la adolescencia, mientras mis hermanos jugaban con el resto de chicos al fútbol, mi madre, y las madres de mis amigas, nos transmitieron según la tradición oral (con objeto de no ser descubiertas), los distintos tratados sobre las distintas artes culinarias, estéticas, sexuales, educacionales, seductoras, y las distintas técnicas sobre la caza masculina. Aún recuerdo aquellas conversaciones en voz baja, frente al teléfono, o al fuego de la cocina. Y la contraseña verbal de salir de compras, para hablar de lo nuestro, de ellos, y del resto de la familia: “Hija mía, debes de tener cuidado. Los hombres van a lo que van (no a lo que nosotras les llevamos). Yo te enseñaré, y ayudaré a encontrar un buen partido. Por mucho que te guste un hombre, nunca se lo digas. Si ves que no te hace caso, provoca tú el primer acercamiento, pero que luego sea él, el que siga tus pasos. Y ante todo, nunca desfallezcas, hija. Antes de encontrar a tu príncipe azul, tendrás que besar muchos sapos. Los hombres son como niños. Si no consigues de ellos lo que deseas, distánciate de ellos, y niégales tus encantos”.

Cuántas ancas de renacuajo nos hubiéramos evitado, si nos hubieran enseñado antes a besar como Dios manda, a estos lindos animalitos. Y qué manía la de animarnos a buscar príncipes azules, antes de habernos preparado para ser (y no solo vestirnos), auténticas princesas. Menos mal que siempre he creído que los verdaderos príncipes azules tienen la sangre roja, y que en lugar de buscarlos, se encuentran cuando menos te lo esperas. De lo contrario, me hubiera vuelto loca con el paso del tiempo. Pobre mamá. Insistía tanto con sus cumplidos, que un día consiguió que hasta yo misma me lo creyese, a pesar de haber vestido en varias ocasiones, el traje de reina (sin contar algún que otro disfraz de princesa). Para ella, seguí siendo hasta el último momento, la hija perfecta. Un simple resfriado mío, era mucho más importante que una neuralgia de uno de mis hermanos. Los hombres tenían que ser fuertes. Tonterías, las justas. Para los padres de entonces, las bofetadas eran en muchas ocasiones, mucho más eficaces que una buena conversación, o una simple consulta al psicólogo. Ahorraban tiempo. Y dinero. Para eso estaban los consejeros espirituales, para dar la razón a los padres (por la cuenta que les tenía), y recordar a los niños que tenían que seguir honrando a sus congéneres por los siglos de los siglos.

Los hermanos mayores, eran la carne de cañón, y la excusa perfecta, para justificar su escasa preparación, y motivación para el matrimonio y la maternidad. Los hijos eran difíciles, y los padres nunca fracasaban. Qué fácil era el matrimonio y la maternidad, y que difíciles eran los hijos primerizos. Más tarde a los varones, les esperaba el colegio, el maltrato físico y psicológico era la norma en las aulas de algunos maestrillos mal nacidos, y peor criados. Los castigos, y las humillaciones en público que veíamos y escuchábamos las chicas detrás de la puerta de alguna clase a escondidas. Pero ahí no acababa la doma de los machos encabestrados por el Régimen. Al poco tiempo, los chicos eran llamados a filas. Entonces era la única forma de servir a la patria: por medio de las armas. Más disciplina, ordeno y mando. Las mujeres teníamos entonces muchos menos derechos que ahora. Nuestro servicio militar era más domiciliario y prolongado, bajo el mismo mando. Algunas privilegiadas, conseguían el pase de pernocta. Otras se veían en la necesidad de declarar el Estado de excepción, y muchas se vieron obligadas a emplear unas armas más eficaces y superiores a las de los hombres: las armas de mujer.

Ahora pienso la suerte que tuve de no hacer la mili. Todavía recuerdo la viva imagen de mi hermano mayor, al regreso de su primer permiso. Vino tan escuálido, y me dio tanta pena verle en ese estado, que a partir de ese momento, decidí solidarizarme con el sexo masculino, y hacer caso omiso a los consejos de mamá. A partir de entonces, dejé de sentirme como una traga monedas y una chocho hucha. Luis, siempre me agradeció que hiciese caso omiso de sus recetas perjudiciales y trasnochadas. Él era consciente del grado que mis amigas, aun estando casadas, y considerándose a sí mismas mujeres independientes, seguían dejándose influenciar por los consejos de mamá, perjudicando y deteriorando la relación íntima, que toda pareja necesita. Y yo no entendía por qué tenía que utilizar, engañar, y atraer de una forma tan injusta y poco honesta a los hombres.

Llegué incluso a pensar, que mi madre engañó a mis hermanos, al ocultarles y no prevenirles de esas malas artes. Y por supuesto, me negué a pensar, que esa era la única forma de combatir el exacerbado machismo imperante. Los hijos no podían mentir a los padres, pero estos, sí que lo hacían cuando nos decían que nos querían a todos por igual. En lugar de ser justos, equitativos e imparciales, se vendían a las carantoñas, y a los chantajes emocionales de algunos de sus hijos. Lo que sí que averiguamos con el paso del tiempo, es que muchos padres, no eran iguales ante sus hijos. Razón por la cual existían tantas clases de padres, como los padres naturales, progenitores, adoptivos, protectores, maltratadores, asesinos, padrastros, madres superioras que robaban niños, y padres superiores, conocidos con el nombre de padres y madres coraje.

Una no puede ocultar su perplejidad, cuando comprueba que aún en nuestros días, existen féminas que no entienden por qué la mayoría de hombres no exteriorizan como nosotras sus emociones y sentimientos. Y que otras bajo un gesto diplomático, revestido de cierta hipocresía, afirmen querer a todos sus hijos por igual. Hasta el día en el que fallecen, se van, y sus hijos descubren una vez más, a través de la maldita herencia, su permanente y despiadado engaño.

José Luis Meléndez. Madrid, 17 de Octubre del 2015
Fuente de la imagen: Flickr.com

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